viernes, 2 de diciembre de 2011

LAS TIJERITAS.

Voy a intentar "pegar" a continuación el texto del cuento "LAS TIJERITAS", que, con la tecnología de su parte, no le da la gana de salir. Allá vamos (Y conste que estoy preparado para la lapidación, aunque no toda la culpa sea mía, sino que me he lieado con una tía -la tecnología- de lo más rastrero y puñetero que se pueda encontar.



L A S   T I J E R I T A S =


La niña, dejémonos de cuentos, era mona; mejor: monísima. Y algo curtidita, es decir que iba a coger o ya los tenía o se los había dejado atrás los 30 añitos. Para el hombre maduro en la etapa de resistirse a entrar en lo de “viejo”, la niña estaba, sin lugar a dudas, en sazón. Y seguro, pensaba el hombre, cualquier bocadito en parte magra de su anatomía no dañaría ninguno de sus carísimos implantes dentales.

Era ella de piel de merengada espolvoreada de canela. O sea, de color de leche tostadita salpicada cariñosamente de pecas diminutas a veces espaciadas a veces formando constelación. Y ella quería lucirla. Se sabía de pigmento no vulgar –no mostraba las normales características de una pelirroja- y su presencia delataba un ser consciente de andar por la vida rompiendo miradas masculinas y provocando cochinos cotorreo y envidia femeninos. Un cuerpo serrano, vaya que sí. Más que serrano –jamón normalito-, más; como tirando hacia lo que se cría por allá por el arco suroccidental de nuestra España, casi puro bellota.

El vestidito que la cubría en parte –no entendía el hombre maduro ni sabía distinguir entre que si seda, algodón, hilo y demás; tejido borde, en todo caso, dictaminó el maduro- colgaba de su cuerpo con esa holgura enamorada que modela y acaricia y dibuja con suave abrazo las zonas de ese amor que lo convierten en locura, en pasión, en deseo. Pendía el vestidito hasta los tobillos, sí, encaramados éstos sobre algo parecido a unas sandalias de fantasía de añoranza romana –de la Roma antigua, la del inmenso imperio-, coloreadas sus tiras como con purpurina dorada, y alzadas por los bastantes centímetros de unos tacones como estiletes. Pero ¿y por arriba? ¡Ah, por arriba! Cada vez que iba y venía perseguida por la penosa e impotente mirada del maduro, el hombre se atragantaba trasegando una saliba espesa, reseca: Escote en pico de dadivoso ángulo –canal de entretetas diáfano como mar Rojo después de la famosa orden de Moisés- con el vértice queriendo hincarse en el ombligo. Por la espalda trazaba una prodigiosa “U” con los cabos de entrada al golfo de su dibujo más unidos que las orillas de la amplia y cálida dársena. Se presentían, casi se veían las delicadas curvas convexas que unen costados con caderas, vamos, los mullidos hundidos tallados en la cintura para albergar manos de contrario enamorado o enfebrecido. La muy abierta curva sobre la que descansaba esta lujuriosa U, por un milagro de retoque de costurera, tan sólo aireaba el cachondo hoyuelo que marca en su centro el final de la espalda y el inicio del tajo generoso que regala dos jugosas sandías en lugar de una, y cada sandía, por mor del capricho adiposo del vestidito, mostrándose alta, altanera, agresiva y –si mi viejo sentido del buen otear féminas sigue sin flaquear, pensaba el hombre- prieta, muy prieta.Y todo él –el vestidito- contrariando sus propias ganas de caer, de deslizarse entero por el cuerpo de la moza hasta rendirse a sus pies, sujeto en ésta su intención por dos tirantitos de nada, dos hilillos dorados que remontando sus hombros unían los dos altos picos del escote delantero con los cabos de la U de la espalda. El vestidito, de candoroso azul plomo tirando a purísima –no veas- con lluvia de diminutas, apenas visibles, estrellitas de oro, se abrazaba a sus nalgas sin marcar bordes o costuras de braga: Tanga, sentenció el hombre maduro, ¡qué genial invento!.

Y la niña para arriba y la niña para abajo. No sabía el hombre en cuál, pero en uno de los primeros bancos de la iglesia debía haber situado ella su lugar de referencia, porque lo que es sentarse con las ganas se quedó la madera de sentir la calorina de su culo. Y el cura largaba ya la homilía con especial dedicación a los novios. Y la niña para arriba. “Y ahora, recemos”, decía el revestido instruyendo con imperativa elegancia a los asistentes al bodorrio para que se levantaran, coño, que ahora hay que levantarse. Y la niña para abajo. Y el hombre maduro que por educación de crianza –o sea, por edad-, aunque años ha había abandonado eso de la práctica, sí que sabía de misas –posiblemente el único en el abarrotado templo, él, su santa de siglos y algunos más de similar quinta-, se despistaba, porque andando por entre el murmullo de 999 moscardones (perdón por la cifra, pero es que todos ponen 1.000), con ese garboso y dasafiante ir y venir, la niña del vestidito a ver quién era el tontarras que miraba y escuchaba al cura y menos aún ojeaba el negro espaldar del novio o el precioso, chica, precioso velo de la novia que se desmayaba, formando su geometría, sobre los tres escalones bajando hacia el pasillo central.

Al hombre maduro le pareció que la frase final del oficiante, el “podéis ir en paz”, la soltó con soniquete de doble intención. No lo aseguraría, no, pero... ese tono y esa forma de extender los brazos y abrir las palmas....En fin. Entonces retumbaron en el templo, aun por encima del guirigay, las alegres notas de La Primavera de Vivaldi. Y la niña monísima del vestidito debió pensar que ése era, en la ceremonia, su gran momento: Arrancó desde casi la costurilla del precioso, chica, precioso velo de la novia y, más que encaminarse al ritmo jacarandoso de la música hacia la salida, arremetió contra el pasillo central. A lo mejor, pensó el hombre –buenazo en el fondo-, era primera dama de honor de la novia o, ya con meditación prosaica, pensó seguidamente que además de tenerse muy pateados los laterales con su público, ésta era una oportunidad que no podía desaprovechar. Luego, en la cena, el palmito tiene ya otra ciencia para lucirlo. Pasó tan cerca del hombre, situado él en la esquina de un banco anclado por la mitad de la nave, que éste sintió la sacudida del temblor de su teta derecha, libre de sujeciones por supuesto; igual que la izquierda, claro.

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Sabía yo que iba a causar sensación. Estragos. Elegí bien el vestido. Ah, y este peinado despeinado, y este tenue maquillaje. Jo, todos me miran. Luzco guay de verdad.

Pero, qué chusco, hay poca gente joven, bueno, pocos tíos solos. Ay, no sé qué bichito me corre por la sangre, no puedo estarme quieta. Voy a salir, le diré a Fulano... Y al entrar otra vez....seguro, jo, cómo debe verse mi espalda, demasié. Y el tío ese viejo no me quita ojo. Pobre, con ésa a su lado; su mujer pienso que será; y lo estoy poniendo a cien. Mientras no le dé un paralís. Yo ya me vi chipén en casa, pero debo de estar....¿Y las viejas y las tías, cómo me miran? Amigas, sí, muy amigas, pero rabian. Anda y que les den por donde no quepa. La que tenga que lo luzca y la que no, pues eso, morcilla malagueña. Huy, voy a salir otra vez. ¿Cuándo acabará el pesado de este cura?. Mira, mira qué manera de aplicarme rayos X el viejo. Y es que no sé qué tengo, pero me estoy pidiendo una marcha caribeña que ni una mulata culona marcándose un bailongo afrocubano. He acertado, este vestido es para ir así: ni sujetador ni bragas, sólo el tanga. Olé mis teticas, tan tiesas y pizpiretas ellas. Bah, ni 30 ni nada: suerte y currelo de gimnasio. Ese viejo no podría pellizcarme el culo, así, bien duro y alto, para tronchar esquinas. ¿Qué, te encandilo, viejito? ¡Pues toma andares guasones! Agarra para la vista ya que te pasó el tiempo de la palpa. ¿Y estos jovenzuelos, se creerán los criajos que matan con esas miradas? No veas tú el chalado del último que me quiso querer, bobito mío lo que te perdiste por matón y chulo, pura ternera argentina a la brasa y cariñito español del bueno, del de sin corpiño, desatado. Pero eras tan imbécil, majo. Y los que veo por aquí que me parece van sin pareja, atufan a cortos de talla. El viejo, ese viejo que ya me ha desnudado veinte veces, mira tú, me da que sí, ése daría la talla. Tiene unas canas de despeine y unas arrugas de planchar, pero.... ¿cómo morder sin dientes? Demasiadas calorías para su colesterol. Da rabia que el mundo no se acople a su mejor acomodo en lugar de ensamblarse como piezas prefabricadas. ¡Huy, qué picores! Voy a salir otra vez. ¡Disimula un poco, caray, viejito, mírame de vez en cuando la carita, que tampoco está mal, hombre!

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La cena había sido a la última y normal en su desarrollo. Es decir: amplia zona al aire libre con mesas redondas para entre diez y doce tragones y criticones, o sea, invitados. Todo el espacio abrigado por verde, mucho verde iluminado con la disposición de focos más efectista. Césped, humedecida alfombra de césped, pinos, muchos pinos y macetones a sus raíces o desperdigados como con descuido y reventando de geranios de todos los colores y margaritas, éstas todas blancas, eso sí.La piscina, también iluminada con luces submarinas, dando ilusorio alivio al calor de la noche de Agosto.

Antes de aposentarse en las mesas, al mogollón ante el expositor acorchado con folios sujetos con chinchetas para ver dónde habían situado a cada cual. “A ver si nos fastidian como en la última, cariño, y nos endilgan en la mesa a tus primos”. “¡La 9, tú, macho, estamos en la 9! “¿Y dónde coño está la 9?” “Espera, tío, que primero va el aperitivo de pie”. “Ah”. “¡Mira, ya salen con las bandejas!” A unos camareros les cortan el paso a lo seco, con sonrisa o sin ella. A otros se les persigue en bandada. Desde las copas de los pinos tal parece una masa de estorninos con blando abombarse y estrecharse en pos de la liebre de chaquetilla blanca portadora de vasos de cerveza –casi siempre caliente-, coca-colas, güisquis, vino.... “Oiga, ¿no lleva jerez?” “No, señor, ¿si quiere un jugo de tomate?” “Oye, tú, que por allá sale otro con croquetas y calamares y aún no los he probado”. “Pero si te has hinchado a canapés y frivolidades saladas”. “¡Mira, joer, ya lo han cazado!” Luego, ya aculados en las sillas forradas de cretona acoplada con grandes lazadas, el follón de 300 vasos y unos 100 cubiertos. Los panecillos justos, pero ¿cuál es el tuyo, el de la derecha o el de la izquierda? A leer el menú. “¿Qué será ésto, oye?” “Ah, no sé, algo de carne si va de segundo”. Entre plato y plato unas sonrisas con los asignados a tu mesa, 20 ó 30 chorraditas, la escuchita a la pareja con la calificación obtenida por el plato anterior y la esperanza de que el tinto sea mejor que el blanco; sacar alguna pinocha de los vasos y, cuando este entrenimiento se agota, un sueñecito mientras llega el siguiente, porque de sorbete de limón no se repite y no puede uno engañar la espera dándole traguitos al blanco, algo dulce y con aguja, leche, que se sube sin darte cuenta.

Ya pasada la indestructible horterada del “¡vivan los novios¡” “¡vivan los padrinos!” “¡que se besen, que se besen, que se besen!”; cumplidos los trámites del tachán-tachán nupcial de la irrupción de la gran tarta de boda, los espadazos a dos manos –la del novio guiando a la de la novia- para partir los 7 pisos de mejunje dulzón de merengue, bizcocho borracho y fina capa de chocolate, los torpones pasos de los ya contraídos en el vals de apertura del baile y los más académicos y castizos de los padrinos junto con las cinco o seis parejas carrozonas que se suman a los novios y padrinos para danzar al son de lo suyo (el hombre maduro, con su santa de siglos, no perdonaba en ninguna boda este vals telonero del ruido rey posterior y las pachangas de las canciones del verano y ritmos caribeños en boga. Ah, con el vals sí, gozaba y hasta intentaba lucirse hasta hacer trastabillear y marear a su señora esposa, ay, por Dios, tanta vuelta, para ya, hale, vamos a sentarnos), digo, decía, pasado todo este habitual y cansino protocolo, la barra libre ya estaba abierta (barra libre: postrer invento de unos años acá de los espabilados de la restauración en el negoción de festejos de bodas) Muchos maduritos brincaban como sabían y podían –pero, oiga, para filmarlos- con la música atronadora de calientes notas nacida por los mundos de más abajo del Ecuador, tronchadora de caderas añosas y castigadora de artrosis, deschaquetados ellos y desenchaladas ellas, con cubata en una mano y un rubio light en la otra ellas, con el puro obsequiado por el padrino en la boca ellos y un coñac, un güisqui, un ron en vaso de tubo o algo así en una mano y la otra, alocada, dibujando tonterías sin fin entre el humo y el follón. Nuestro hombre maduro, aparte de tener que haber restringido drásticamente su hábito de fumar, maldita sea la mierda esta de cumplir años quieras o no, jamás se fumaba el habano o el canario del padrino; tenía una colección enorme en casa de cigarros de bodas –ya secos, deshaciéndose, infumables muchos de ellos- porque sostenía que eran los puros que más caros le salían, sin ser fumador de puros, y merecían conservarse y no hacerlos humo, hala, enseguida y así porque así.

Salvo en los escasos minutos en que, durante la cena, había dedicado su atención a las viandas, en cada sorbito al vino, que le permitía alzar la vista, y en los largos entreactos de entreplatos, el hombre maduro, como despistando, no había perdido ojo al ajetreo paseante de la niña monísima del vestidito y a sus escotes, frontal y dorsal, brillantes de luna y farolas. Tan pronto emergía la niña, erecta como un junco bellamente esculpido, allá por el otro extremo del sembrado de mesas, risas y cabezas, como le daba un susto de infarto al encararle los imanes de sus hermosas nalgas al conversar inclinada y de espaldas a él con alguien de una mesa cercana –alguien bienaventurado, pensaba el hombre maduro, que estaría visionando la soltura maravillosa de sus pequeñas y amorosas tetas.

Con el despacho a mano suelta de la barra libre y los decibelios perforando tapones de cera auditivos hasta ponerte lo gris cerebral a revoluciones de chachachá, salsa, cumbia, samba, rumba, etecé, la pista, oliendo a sudores mezclados con 359 colonias y esencias, a alcoholes con campanillas de cubitos de hielo y a tabacos rubios y negros, parecía una masa de epilépticos en lo fuerte de la crisis. El hombre maduro pensaba, animado y ya con cachondeo etílico en el cuerpo, que él y otros como él y su santa de siglos, movían el esqueleto, pero las jovencitas, las niñas monísimas de pícaros vestiditos, movían la carne, sus carnes de textura de flan muy cuajado; y los jovencitos....¿había allí jovencitos? Era lo bueno de estos bailes de ahora: A tu pareja, si te da, ni la ves ni la miras. Y de entre toda la piel morena que allí se agitaba, sobresalía con destellos la epidermis de leche tostadita de los brazos de la niña, anguilas danzarinas, sus hombros algo perlados por gotitas de sudor, sus caderas de goma, sus pechos calientamiradas, que si me voy a salir pero no me salgo, y, cagüen, lo extraordinario de la sujeción de toda la casi casta funda textil de cuerpo tan delicioso por dos insignificantes y delgadísimas tirillas doradas, una a cada lado de su cuello de víctima de vampiro.

En medio del fenomenal barullo se acercaron al hombre maduro y a su santa de siglos, los padres del novio, él con puro y copa en una mano y la otra escondida en el bolsillo del pantalón, ella con un gintonic agarrado con las dos y toda la cara un contento, una risa, una juerga. Pararon los cuatro sus movimientos y a grito pelado, aunque apenas se oían, intentaron hablarse unos momentos: “Todo fenomenal” “¿De verdad; habéis estado bien; cómo lo pasáis?” “De verdad, oid, estupendo todo. Y ella está guapísima”. “Oye, el traje precioso, eh”. Y en eso el último trago que le llega al cerebro al hombre maduro y entra en la bromita haciéndole mención a la madre del novio de la niña, de la perla preciosa que iba danzando por allí, sola. “Bueno, chicos, no os vayáis aún, divertíos; nos vemos luego”. Y hala, a seguir castigando los huesos, dejarse machacar los tímpanos, fumar de más y pedir otra copa, que sí, mujer, que estoy bien para conducir, que no te preocupes.

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Por la autovía, ya de vuelta a casa a las tantas, a setenta por hora, aguzando la vista para distinguir a tiempo los chalecos reflectantes de la guardia civil, si me hacen soplar la fastidiamos, y con la santa de siglos dando cabezadas a su lado, el hombre maduro iba castigándose duramente: Malditas bodas, maldita barra libre, malditas copas. Siempre tengo que cagarla con alguna memez de viejo atolondrado. ¿Y esta tonta del bote coge una broma de nada y la mete, también? Debía nadar en más copas que yo.

Claro que ella celebraba que, por fin, había casado al chico. Y recuerda el hombre maduro, agarrado con rabia al volante, cómo, entre la bruma y el estruendo, se le vino encima la madre del novio arrastrando de una mano a la niña monísima del vestidito, se le plantó delante y....¡toma ya! “Mira, Nina -¡yyyyy, pensó él, casi ‘Niña’!- éste es Madurito, un amigo de toda la vida. Me ha dicho que estabas muy guapa. Anda, Madu, aquí la tienes, es Nina, amiga de mi hija”. Y cómo la niña monísima le acercó mucho sus mejillas para hacerse oir, cómo se tambaleó con su aroma: “Encantada. Y gracias”. Y el alcohol puñetero que lo obnubiló: “No, mujer, es verdad, estás preciosa, eres preciosa; sólo quisiera tener unas tijeritas para cortar esos tirantitos”. Risitas de la niña, un mimoso gesto de susto y su huída dejando la estela de sus nalgas saltarinas más montaraces que nunca. La voz de la santa de siglos: “¡Chico, por favor, qué dices. Huy, no bebas más!”. Y el tortazo inmediato del pequeñó rincón de conciencia todavía sin intoxicar: “¡Ya está, la gansada, el ridículo. La he cagado!”.

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En la pista de baile sólo quedaban los grupos de jóvenes. Pasaba de las cinco de la madrugada. La niña monísima del vestidito contaba a unas amigas lo que le había dicho el hombre maduro, toda ella movida por aspavientos y risas.

- ¿Qué os parece el baboso viejo verde?

- Es que, Nina, pobre hombre. ¿Tú sabes cómo vas?

- ¡Pues monísima, guapa; voy monísima!


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LAS TIJERITAS


Fotografía de Septiembre de 1994

(Boda de la princesa Susana Maria con Marcos, y aprovechando el fiestorro, mi santa (?) Amparo y yo, ya que coincidía aniversario, va y celebramos Bodas de Plata (casi de "alpaca").

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El cuento que a continuación pienso transferir aquí, data de Septiembre de 2000.  De la forma más amable que entonces pude (hoy sería mucho más agrio) e intentantado plasmar lo que para mí significaban -y hoy aumentado hasta el desbordamiento- estas "fiestecitas" de la BBC (boca, bautizos y comuniones). No volveré a contribuir, jamás, ni siquiera con mi asistencia, al "merder" en que alegre e inocentemente se meten sobre todo esos contrayentes tan bien ataviados, guapetones y apetitosos. Allá ellos; nunca se me podrá culpar a mí de mi aquiescencia y conformidad por mi simple asistencia.

Ya lo he anotado antes: Cuento dado a luz en Septiembre de 2002.

Y lo dedico especialmente a mis queridos amigos y parientes PABLO y FINA.

Y añadiré una dedicatoria, QUE NO SÉ DE QUIÉN ES SU ORIGINALIDAD, pero que el gran ASESOR del Bar de mi Esquina,
 (Aromas) me regala (al igual que el gran CELA -sólo escribiendo-, en su novela LA COLMENA, tiene un personaje qie inventa palabras, llega uno a tomarse lo que pueda y va y le regala una palabra de la que ni me acuerdo.

CITA más que dedicatoria, que esta última ya la he hecho:

                            "TODOS DEBERÍQAMOS CREAR ALGO.
                             YO CREO QUE TOMARÉ OTRA COPA."
                              (Suena a Grouxo Marxs, pero no sé...)




   



jueves, 1 de diciembre de 2011

VENTOSIDAD (Parido en Diciembre 2000)

¿VAMOS CON EL PRIMERO DE LA NUEVA SERIE?
(Respiren hondo)

= V E N T O S I D A D =


(Ensayo y loa)



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Es la ventosidad acción necesaria.


Es, también, arte. (La “necesidad” no tiene que conducir, por fuerza, a la vulgaridad.)


Dijo alguien –sé que en algún sitio lo lei- que para la mejor higiene del cuerpo y bienestar anímico, necesita el bípedo expulsar al día DIECISIETE ventosidades, como mínimo. Mayor placer y relajo si se producen en mayor cuantía.


Es la ventosidad acto tan íntimo como el evacuar –vulgo, cagar-. Por ello requiere de recogimiento, concentración, actuación y satisfacción.


Ocurre que, llegado el humano a ciertas edades, su intimidad deja la singularidad para devenir, como mínimo, en dueto que se persigue sea armonioso, comprensivo, amoroso, de un entregado compartir, o sea, de un abnegado soportar, a qué engañarnos.


Inventada “la pareja” de entrega y amor eterno –algún diablillo borde andaría en la redacción de sus estatutos-, saltó a la palestra la dificultad de, en la “intimidad de dos”, sobrellevar la intimidad de uno, “del otro”.


Y he aquí que en el mundo, desde su Creación o Big-Ben –allá cada cuál con sus preferencias-, existieron, y existen –loado sea Dios- seres flatulentos, es decir, seres racionales dotados de un organismo proclive a la elaboración de gases.


Estos seres son dichosos o desgraciados, según se mire. A saber:


a) Aquellos que generan vientos y están dotados para su pertinente evacuación -¡Oh, bendito descanso, dicha excelsa!.


b) Otros que fabrican iguales flatos y no cuentan con la feliz facilidad de su aireación. Suelen ser humanos amargados con el reflejo de su embotamiento en lo agrio de su gesto perenne.



Vamos a investigar aquí la situación vital del primero de ellos: El dichoso al que la Naturaleza ha provisionado de los mecanísmos adecuados en sus tripas para aligerar cuerpo y poner satisfacción en su sonrisa.



Antes de aventuarnos en cuestiones más personales, conviene analizar la naturaleza del viento que nos ocupa.


Sin lugar a dudas, debe inclinarse el individuo –activo o pasivo- por el zullenco sonoro. No es éste traidor ni noqueador de pituitaria sorprendida. Es el pedo, cuesco o pedorrera, sonido floreado, seco o contundente –sometido a usos o costumbres del artificiero- y, normalmente, inodoro, o sea, asumible con una mínima dosis de cariño por acompañante ocasional o permanente.


Nos dice la experiencia que hay que huir, como de fuego que quema tus posaderas, del meteorismo silente, rufián pútrido que sólo da fe de su volátil presencia cuando ya todo entero ha violado nuestras narices y se asenta, con extremo hediondo aroma, en nuestros desmayados y asfixiados sentidos.


Obviando la brevedad y presumiendo de haber dejado diáfana, a pesar de dicha brevedad, lo profundo de la neumatosis, es de justicia avisar que el uso de la facilidad de regoldar analmente no debe convertirse en abuso o alivio en momentos o lugares nada apropiados a lo que la intimidad del hecho requiere (Tómese como ejemplo que nadie osa aflojar de sólidos sus intestinos en medio de amable reunión familiar o grupo de amistades que, por mucho que nos amen o comprendan, primero, no entendrán; segundo, puede que avisen al manicomio más próximo).


Éstas son las reglas a tener en cuenta. Y seguirlas, claro.


a) Jamás peerse en el transcurso de un apasionado beso lengüetero con ser amado, ligue puntual o presa dubitativa.


b) Por supuesto, olvidar tajantemente el aflojamiento si la acción pasa del acto anterior a consecuencia horizontal subsiguiente. La embravecida líbido puede sufrir un encogimiento difícil de enderezar duante mucho tiempo.


c) Abstenerse –asunto de elemental educación- en situaciones de grupo familiar o amiguetes parlanchines. Suele sonar feo –cosas de la sociabilidad-. No sé por qué –poca comprensión que hay-, pero suena feo. ¿Por qué crearnos innecesarias enemistades o arbitrarias personalidades?


d) Nunca, tampoco, ante descendientes –vulgo, hijos- hasta que su razón alcance a comprender lo lujoso y bonancible de esta facilidad y las normas de su debido uso.



Y descansados por todo lo anteriormente vertido, debemos llegar a la conclusión, o detenida moraleja, que movió esta reflexión sobre el arte y la necesidad de la ventosidad y que pretende inyectar alguna ciencia que ayude a la supervivencia de la convivencia.


O sea, adivinado habéis que toda esta disquisición no era destinada al pedorrero solitario que a nadie debe dar cuentas de sus felices o nefastas habilidades. No. Es su meta ese frágil mundo de la pareja -hetero, homo o como les piquen sus cromosomas, da igual-


Así, la vida cruel, frecuentemente junta a seres, como dice el dicho, ciegamente, sin mirar si casan o congenian o son proclives a la enemistad sus gustos e intimidades. Tal es que, por fuerza, ante el ajuntamiento, esa intimidad personal e individual debe convertirse en una compleja nueva intimidad de dos en uno -¡si al menos llegásemos a eso de la Trinidad!-.


Sucede pues que menudean los apareamientos nacidos de la única fuente del Amor que no sabe, ni tiene el porqué, meterse en las camisas de veinte mil varas que cada uno de los miembros por él unidos llevan en su panza. Sabe que su fuerza debe ser suficiente para arribar al cómodo acomodo de uno al otro y del otro al uno.


El angelote rubianco y regordete que lancea con dardos de amor los corazones, suele meter la pata con aquello de enlazar a quienes no son afines en inclinaciones o necesidades ¡Y ya hemos llegado!


Se abrazan millones de parejas en las que uno de sus miembros tiene la dicha de ventear con fluidez la manía de sus tripas de hincharle como un globo. Muy frecuente es que el amado o amada no padezca este incordio interno y, por lo tanto e influído por absurdos respetos sociales, no entienda ni acepte, incluso reprima agriamente, las sonoras tracas bienhechoras de su pareja (largos años cuesta de asimilar y, lo mejor, asoma la comprensión cuando la propia degeneración vital se anuncia con esos hinchamientos que no se conocían y se siente uno tan dichoso de crear orquesta de viento acompañando al tanto tiempo vituperado).


Diríamos, pues, al elemento del dúo puntilloso con los flatos del otro que si en su ánimo anida el cariño, mírese el pajar de sus propios ojos y acoja con benevolencia los aires de su pareja –a fin de cuentas, todos somos gas, mucha agua y algo de materia sólida- como componente de su persona, de ese todo que queremos querer. La intransigencia no más que lleva a una estación: La Terminal, el final, a la pérdida del ser amado por no acomodar con ternura el oído al sonido de sus entrañas. ¿Y por qué tan irremediable final? Ahí va:


a) El amor del flatulento puede llevarle a, por complacer, obstruir con adminículo de corcho o plástico la salida natural de sus cuescos. Resultado: Iría hinchándose por minutos, por días, por meses hasta llegar al terrible y predecible reventón. Al hoyo el pedorro.


b) Lo incontenible de sus desahogos, ante el ambiente tan hostil, lo llevaría a buscar otros reductos más amables y comprensivos.



Dicho lo dicho, epilogamos concluyendo con que la continuidad de un bello amor no puede ser vencida por un pedo. Ni por diecisiete.


Buenas.


                                                  Luis Ramírez de Arellano
                                                 (Diciembre 2000)

                                                   Hoy, 1-12-2011, DESVENCIJADO)








APENAS PEQUEÑOS CAMBIOS EN LO HONDO.


Fotografía de JULIO de 2010
(La Fresneda, Teruel, comarca del "Matarraña" -preciosa-)
Como por una de estas calles -ésta es la principal-  con estilo de soportales mozárabes, vaga mi alma de arriba hacia abajo, llena de claroscuros que protegen de frío, nieve, lluvias y vientos al vecino, su cuerpo sentidor de elementos naturales, pero... ¿y de esos cambios de luz, de esas intermitentes negruras y deslumbres...?
¡Bah, nadie se caliente la mollera!: Esto es así, y no hay más. O, en su caso, que me convenzan o me lo demuestren.

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Mi vida viene a ser una especie de claroscuro permanente, algo así como lo que la ciencia define como “bipolaridad”. (Bien, esto puede ser fatal; pero ocurre, como siempre, que la ciencia se olvida del “componente o factor humano”; es decir, uno puede llegar a estar hasta el “pirri” de ser un tipo, como se dice ahora, supersimpático o, con el mismo léxico, un “muermo” total. Ello, claro, porque nadie sabe ni por un segundo poner en funcionamiento su empatía (si es que sabe lo que es y si la tiene).


Toda esta tontería de arriba viene a cuento porque he decidido mostrar aquí escritos de mediana o antigua edad paridos por mí, unos con su dolor correspondiente y otros gozando, lo que se dice disfrutando, de escribir con la risa y el contento metidos en los adentros y brotando por los dedos o que aprietan la pluma o, directamente, teclean. (¡Ay, este teclado está arrancándome mi antiguo enorme placer de, con una buena pluma estilográfica, dibujar estas grafías, con viaje tan directo de mente y alma hasta los dedos!)


Y todo lo que adelante soltaré (cuando sea una excepción, lo advertiré).


Lo alumbré en una época en la que, todavía, yo peleaba con premios, editoriales y negros seres (lo siento, así me los he imaginado siempre) llamados “correctores de estilo de las editoriales”. Un mediano o mal informe suyo, te podía mandar a la mierda un trabajo de dos, ¿tres? años. (lo cual no quita para que sí, fuese una mierda), pero coño, un mínimo de comprensión y abracitos para un señor ya sin lomo, extinguido y masacrado en ese tocho de folios que alguien, que ni sabe quién eres ni te conoce, con una frialdad que asusta escribe en su informe: “…no vale, no es buena, no venderemos un clavo”. El tipo que eso escribe, creo yo que, al menos, con lo rica que es nuestra lengua, podía gastarla de una forma menos marrana al acordarse de, quizás, el año –o dos- que el ilusionado aspirante ha escrito, ha gastado y quemado hasta convertir algunas hebras de sus cabellos (si no es calvo) en, con una extraña y macabra magia, tintarlas de ceniza, o de plata.


De buena o mala manera, en cada cuento, o lo que sea, advertiré si se publicó o no (aunque casi siempre –no, mejor siempre- de una manera nefasta-, es decir, como si no se hubieran publicado, mejor hubiera sido).


Conviene comenzar con algunas piezas bufas (como dicen en la ópera). Ya me he ganado bastante fama de ser de plumaje negro de cuervo que se nutre de carroñas. Aunque yo siempre me defiendo con lo mismo: Jamás me fiaré por entero de un ser al que no haya visto nunca serio. Es muy sencillo, nadie ha conseguido convencerme de, siquiera, algunas pequeñas breves alegrías que te puede dar esta putísima vida.


Muchos de estos escritos los tengo pulcramente encuadernados, intentando dar a estos volúmenes la forma total o común de un conjunto “NADA HOMOGÉNEO”, tal como los muy ilustres señores críticos alaban (todavía no sé la razón); si un señor decide reunir, encuadernar y dar a imprenta y examen de editorial cualquiera, yo al menos, jamás he intentando que todos los cuentos, relatos o lo que sea, tengan un fondo común. ¿Por qué esta idiotez? ¿No disfrutará más el lector leyendo “variedad” y no un tocho de 200 páginas lleno de relatos distintos pero con idéntica temática de fondo, alternando relatos de humor, o con tintes de comedia, o serios, tristones, trágicos, que todos tengan el sentido final de una sonrisa de la que te hartas o una negrura con la que no más acabas que pidiendo luces de candelas? (Esto hay gente que lo considera “pataleos de un frustrado que 'no ha conseguido llegar'…” Pues qué bien. Qué maravillosa la libertad de la mente de nuestros congéneres para pensar lo que les salga del pito. (Lo de “pulcramente” encuadernados del inicio, no más es por los bastantes viajes que han hecho a concursos y editoriales).


Uno de los pequeños tomos que conservo encuadernados con diferentes temas (aclarado está antes) tiene una dedicatoria de entonces (AÑO 2005 – AGOSTO) – Hay que percatarse que andamos acabando el año 2011, y este tomo, en su primera hoja, llevaba –lleva, coño, todavía- esta dedicatoria:


Para ELLA,
tan cercana,
tan lejana.
Triste incongruencia,
¡tan humana!




Hoy, fecha del 1 de Diciembre de 2011, como el que dice, simulando una nueva etapa, con escritos míos más antiguos (aunque siga colando actualidad, que es, ahora, lo que más vivo), no encuentro dedicatoria, pero sí cita, teniendo en nuestra España tan inmensos poetas, entre todos cuyos versos, rediez, alguno nos “toca”:




ANOCHE SOÑÉ QUE OÍA
A DIOS, GRITÁNDOME : ¡ALERTA!
LUEGO ERA DIOS QUE DORMÍA,
Y YO GRITABA: ¡DESPIERTA!

                                                                       Antonio Machado


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miércoles, 23 de noviembre de 2011

Sigo FRIVOLIZANDO en plan POLITICAMENTE CORRECTO (Por si acaso)

Fotografía que divulga el diario EL PAÍS.
Ésta, concretamente, el 16-11-2011


Buena moza -no me digan que no- que en sus varias salidas en los medios -que yo sigo- siempre la sitúan en Sevilla. No sé si es nacida en la querida tierra andaluza, aunque merecería el sobrenombre de "LOZANA ANDALUZA".  De no ser así, y no más resultar que ejerce en Sevilla y ser oriunda de cualquier rincón de España, pues habrá que dar unos vítores a todos esos rincones que reparten por toda nuestra Piel de Toro frutos tan hermosos.

Encima de su porte, del gesto serio de su rostro que, a pesar de ello, irradia más gracia que la famosa sonrisa de Mona Lisa, y de su, con perdón, cuerpazo, PRESUNTAMENTE magnífico en mostrándose libre de tejidos, va y esta señora estupenda, resulta ser Juez -¡O Jueza, usted manda, doña Mercedes!-, y además anda metiéndoles mano de férrea tenaza judicial a una de tantas, tantísimas, demasiadas -¡qué asco, por Dios- tramas de corrupción y sinvergüenzas redomados que están surgiendo por toda España (no conseguirán cubrir de mierda la guapeza con que la señora Juez Alaya y sus saberes judiciales los va a enchironar (ojalá de por vida, so marranos).

Señora Juez, o Jueza, tanto da, yo es que la sigo a Vd. cada vez que sale en algún "medio". Mire, usted me toma como un PRESUNTO descarado si ahora, a continuación, le dedico unos cuantos "piropazos", PRESUNTAMENTE inocentes:

Mire usted, doña Mercedes, tiene  su humanidad, desde la coronilla a esos dedos que asoman por sus ¿sandalias con tacones?, una estampa encantadora y unos andares jacarandosos de enamorar a transeúntes. Usted, señora mía (¡ojalá!), bajo mi entontecido observar sus andares, no tiene piernas, ¡tiene, PRESUNTAMENTE! unos muslazos que yo ruego, le ruego, utilice para atenazar y ahogar a toda la panda de sinvergüenzas a los que lleva a juicio (Ojo, no me atrevo a pedir nada más -las querellas, en España, siempre nos caen a los mismos-). De su alto medio cuerpo que soporta tan agraciado rostro, tan encantadora sonrisa y más PRESUNTAS cosazas  de las que no me permito hablar, cada quién que se imagine mis PRESUNTAS deducciones. Sólo me faltaba a mí líos con una Jueza y, encima, tan bella. Ahora bien, si por mala ventura, algún follón indebido me envuelve, no lo dude, yo pediré, rogaré, suplicaré que me juzgue usted, señoría (algo así como, imaginando música de cuplé:... "Ay, júzgueme usted, por favor; qué delito he de cometer para entre sus manos justicia hallar, ay..."

Más en serio, amigos -PRESUNTAMENTE-: Me encanta que se encuentre en España una señora Jueza que ejerce como debe y encima, como añadido, sea una señora estupenda.

¿Me permite, doña Mercedes, que le remita un casto beso -PRESUNTO- por su buena labor y ese físico que algo  GRANDE le ha otorgado? ¡Pues, hala, hacia su mejilla ya viaja!

DESVENCIJADO
Luis Ramírez de Arellano









  

sábado, 19 de noviembre de 2011

FRIVOLICEMOS UN TANTO... (He soltado demasiada seriedad o profundidad)

Fotografías que circulan por esta red "pecaminosa" de Internet y sobre las cuales no tengo más responsabilidad que la de mirar... y ¡admirar!
(Es que me desarrollé hetero redomado y... no sé, como con un exceso de convicción en mis gustos)

LEVES PLACERES EN EL BAR DE MI ESQUINA
(Alias "AROMAS)

Dedicado al buen amigo  LANCELOT,  una de cuyas
celebradas frases he robado (con previo aviso -conste-)" para parir este comentario.

(LANCELOT, buena gente, el Ente superpoderoso que sea,
te quite de encima pronto los sufrires actuales que andas
soportanto)

LAS TRES GRACIAS


(Conste que estaba prevenido aunque yo ya las conociera -sólo de vista- y tenía mi dictamen íntimo sobre las mismas -señoritas maduras, o maduritas, de buen ver y -se supone- de mejor palpar).

Así, como inciso, no es que deba advertir ni enseñar a nadie sobre lecciones de pintura, pero es -o debe- ser sabido que uno de los grandes del expresionismo -¿o impresionismo? ¡Joder con los académicos!- el llamado RUBENS, se aficionó con la exuberancia maravillosa de sus frondosos paisajes ajardinados y, claro, en cuanto se puso a pintar mujeres desnudas, va y se queda como el inventor de la famosa celulitis femenina (alguna pintura suya que recuerdo de un hombre, algún músculo tiene, pero las de las féminas es un desborde -¿existe esta palabra?- de carnes y lorzas que en cuanto te asoma algo de sensualidad o encabritamiento de líbido, te hace desistir ante tamaña abundancia a la que hacerle frente.

Efectivamente, tal como LANCELOT sentenció, y yo le robé su sentencia, una de las tres Gracias (quizás se podría decir la más atractiva) siempre llevaba de vestimenta -vestidos o suéters- de escote muy justo, o mejor: corto. Esta hembra era -y lo sigue siendo- de agradable cara y graciosos rizos de su pelo que le caen por su rostro de dibujo más que correcto (ojos razonablemente bonitos). Ésta su forma de vestir, necesariamente forzaba a sus carnes superiores, finas y tersas todavía, a asomarse al exterior y exponerse a un resfriado (en tiempor de verano, le venía de maravilla ésta su manía. -no tanto a quiénes hacíamos de mirones-) Y he aquí la maravillosa frase de mi querido LANCELOT. "Fíjate, son como dos calvos cuchicheando". Efectivamente, a partir de ese día fijé más mi atención en esta desenvoltura superior de la crecida ninfa. ¡Vaya, es que casi las lucía fuera por entero!
Con más descaro me dedique a mirarla más fíjamente. A veces, los "calvos" temblaban. Pensaba yo: "Eso es que se han contado un chiste".  O peor, "¿Tandrá frío?" La templanza de mi edad evitó que cualquier día me lanzara a cubrirla y protegerla de enfriamientos malsanos. En otras ocasiones -fiebres libidinosas- me imaginada sus morritos arrugados -¡¿de qué pigmentación?!- contándose cotilleos o algún fino chascarrillo... Sí, semejantes lindas calvas no podían tener boquita procaz.

En fin, esta linda muestra de mujer que sigue acudiendo al AROMAS y yo, claro, sigo admirando a sus "calvos", nos alegra muchos días la tertulia sana de la cerveza y seguir confiando, como siempre, en lo más bello que puebla el mundo y en que, sin duda, si alguien nos tiene que salvar, serán ellas, las hembras y todo el Amor que puedan darnos.

Tenía más materia, vaya que sí, pero va y como va siendo habitual en mi mente que va caducando poco a poco, son cosas que pienso recién acostado esperando al sueño...¿y qién las recupera al despertar? ¡Ya me acordaré! Mientras tanto, voy a intentar desperdirme, SEÑORITOS, con una hermosa imagen comentada por el gran escritor y filósofo francés JEAN-PAUL SARTRE.


Para aquella buena y amable gente recién llegada a mi blog, en algún momento daré razón de éste texto y fotos que les puede parecer inadecuado.

(De momento, para que se vayan hacienco una idea, les recomiendo retroceder y, si les apetece, leer mi entrada del 24-03-2010 "El mito del viejo verde" 



DESVENCIJADO
Luis Ramírez de Arellano

sábado, 12 de noviembre de 2011

GRACIAS A TODOS.


Fotografías de MAYO de 1994


Mi última entrada ( "TODO VUELA. HASTA LA ESPERANZA"), ha tenido, para la modestia de este blog, una pequeña, pero inusitada (y muy estimulante para mi vanidad) reacción, entre la amabilísima gente que me visita.

Va para ti, mi ya querida ANNA GENOVES: Puedes "llegar", qué duda cabe. Tienes el empeño y la fuerza. ¡Importantísimos!.
Ahora bien, debo (no por modestia -ni de la falsa ni de la buena-) decirte que existen unos miles de "maestros", antes que yo, de los que aprender.
Ocurre que con mis años (¡tantos escribiendo!) va y de vez en cuando me visita y guía mi pluma una hermosa musa y sale de mis adentros hasta el papel algo que se podría considerar bueno. Pero no debo ser yo tu guía.
Eso sí, la literatura (prosa e intentos poéticos) no la concibo de otra forma que con fuerza agresiva y sí (¡sabes leer!), no es nada autobiografía pero sí PURA VIDA, quizás mía, quizás copiada, quizás tratada con la fuerte impresión de lo captado en lo ajeno, y puede que, por el mismo sendero más cosas. Pero, ¡ojo!, no se copia. El hecho propio o ajeno te conmueve y te fuerza a cumplir un destino al que nadie te ha obligado...Nadie sabe realmente la razón, pero tú ¡tienes, por narices, que escribir sobre ello! Y cuando con el último suspiro de tu alma, extenuada, dejas caer la pluma sobre los folios, al rato lo relees todo y ves que, allá en lo profundo, todavía bulle el hecho que te movió a ese relato, novela, poesía... pero, pero ¡tú has creado algo nuevo, una ficción literaria que también es VIDA! Y que, al menos, para mis ideas, habrá brotado de una realidad vital, pero lo que tú has escrito es, SIEMPRE, OTRA COSA, OTRA VIDA, OTROS SUFRIRES Y OTROS GOZOS.

He leído, ANNA tus dos últimas entradas. El reportaje del programa de televisión Callejeros me ha parecido magnífico, tal como si fuera tuyo propio o hubieras sido tú misma la visitante del trágico escenario. No parecías contar nada "de segundas" sino de "primerísima" fila en conflicto tan terrible... "¡Ésa, según mi entender! en la norma para tu poesía!"

Otra vez, querida ANNA, gracias mil por tus palabras. Ello aunque yo ya me sienta al margen (tanto que casi ya ni hago caso de la reglas ortográficas, y menos de las "novísimas") Tú sigue, sigue y no pares de escribir. Y si nadie te reconoce, sentirás cómo esa especie de vacío ilocalizable en tu interior, se va llenando (tal vez de letras, de oraciones, de frases, de párrafos... ¡de literatura! Te sentirás siempre mejor y aquellos que ignoren tus letras, no te quepa duda, ¡allá ellos!).
(Hace ya unos años, a trancas y barrancas, publiqué mi íltima novela.
En ella, todavía "ME" verías más. Sin que en absoluto parezca ningún ánimo de "contacto al uso" ni que te  huela a tal, si ves alguna forma de que, manteniendo tu anonimato, pudiera hacerte llegar el libro (aún me queda alguno)...
Para ANONIMUS:

Complejo, vive Dios, el tema que planteas.
¿Por dónde flota el AMOR?
¿Por donde tú dices? ¿De verdad asegurarías que está en el interior de cada uno de nosotros?

Empezaré diciéndote que soy de los que opinan que el Amor viene a ser como el aire que respiramos. Se acaba el aire; desaparece el Amor. ¡Todos al hoyo!
Sería una conversación magnífica (con alguna copilla delente, claro), tratar sobre este tema contigo y con quien tenga verdadero interés y no ganas de soltar gilipolleces.
Me has dejado con una duda importante, carajo (aunque soy de los que piensan que hay que huir del humano "segurísimo", sin duda alguna. Mi consejo: No te fíes jamás de ese gentío que pisa tan seguro)
En principio, te diré que el AMOR es algo tan grandioso que no puede caber, ni troceado, en el interior de cada ser. Ahora bien, sí que existe una, digamos, ciencia infusa, inyectada en el género humano que los hace saber del amor, de su esxistencia y de los caminos para llegar hasta él y aprovisionarse... Otra cosa es que sirvan, puedan o ni siquiera sepan ni lo que es ni cómo usarlo.

Para el SR. ARELLANOS: Ya hablamos de esto y mejor que por este medio. Delente de nosotros un café (descafeinado, cago en la leche) y unos chupitos sin "desalcoholizar" (¡a que no existe esta palabra, gente buena!). 

A todos, repito, gente amable, gracias. Flores verbales me habéis dedicado. Flores en fotografía os desvuelvo.

Besos, buen yantar y mejor gigestión.

(Pero, como otras veces, no nos olvidemos de Somalia, Nigeria, hambrunas mundiales y sangrientas crueldades en los hemisferios del sur... Amén)

DESVENCIJADO
Luis Ramírez de Arellano