martes, 13 de diciembre de 2011

ENTREACTO CABREADO

Fotografía de Diciembre 2009
(¿De dónde va a ser: ¡de ALATOZ!)

(VOY A INSERTAR A CONTiNUACIÓN UN COMENTARIO DE ACTUALIDAD. -Ya seguiré con mis antiguallas, según mi promesa-)

He estado desplazado en mi esacape de ALATOZ, pero aun así, hasta aquel rincón tan pacífico, me ha escupido la televisión maldita  la cochina actualidad. Y me quebró, de manera especial, los más mínimos comentarios con respecto a la banda de asesinos que adquirió el nombre de ETA.
(Llevo varios chupitos; me marca el reloj las 20,20 horas; pensad  lo que queráis; yo, hoy, no puedo continuar. A ver si mañana, la jodida tecnología me deja continuar con lo hoy cortado). 
Hale, gente: ¡Hasta mañana!)

Vamos a seguir y salga lo que el Diablo quiera, porque creo que he armado un pifostio de padre y muy señor mío.

Pienso yo (que de vez en cuando lo hago, sí, esto de pensar; aunque procuro que no sea mucho ya que cada vez que el cerebro me funciona acabo, cuando lo cierro, de muy mala leche), que a qué viene tanto nombrar a esa gentuza de ETA por los medios, que si han dicho esto, que si ahora "¡EXIGEN¡" lo otro, que quieren aquello o lo de más allá.

Y eso que se les ha dicho varias veces, pero sus cerebros de corcho no llegan a entenderlo. Ellos sólo saben manejar armar, bombas lapa y ver nucas indefensas y desprevenida sobre las que disparar. A ver si yo lo entiendo bien.
Vosotros, gentuza de ETA, en nombre de la esencia de una determinada raza aria especial -que a fin de cuentas, como en toda España- o vino de los nortes o de los estes, piensan que son especiales, algo así como superiores y necesitan su patria independiente (sólo con esto, tan atrasados estan que todavía argumentan conceptos como "patría", etecé...).
No lo haré muy largo porque muchos cabreos se resuelven con el taco más gordo que sepas. Pero es que para vosotros no encuentro otro que descerebrados soñadores de una entelequia (y eso para los que, minimamente piensan, no para los pistoleros a sueldo). Veamos:
¿No os habéis enterado, por activa y por pasiva que vosotros no manteníais ninguna GUERRA con esta mi España que tanto odiáis? ¿No os habéis enterado que lo vuestro no más -y nada menos- que era un grupo -eso sí, muy bien organizado- de asesinos y encima cobardes por la forma de operar y matar de forma tan rastrera? ¿Qué cojones andáis pidiendo ahora porque, decís, ya no váis a matar? ¿Y las armas, dónde están? ¿Y el perdón público pedido  LAS VÍCTIMAS POR TANTOS AÑOS DE HORROR, SALVAJISMO Y MUERTES SIN SENTIDO? ¡¿PERO QUYE COJONES OS HABÉIS CREÍDO, PANDA DE CERDOS?! Vosotros no sois más que cualquier asesino común, por lo que tenéis que cumplir en su integridad las penas de cárcer que os impusieron (que por cierto, para muchos resultaron una burla para las víctimas, dado que ya van por vuestras calles y encima, para todos los imbéciles como vosotros, como héroes gudaris) .
No gentuza, no. Vosotros, como equiparables a cualquier vil asesino -aunque no iguaL, SOIS DE LO PEOR, DE LOS DE PREMEDITACIÓN Y ALEVOSÍA, de esos que la gente algo "tontita" como yo jamás llegaremos a comprender el fondo de vuestros motivos para causar tanto dolor en vuestro país y en España entera.
¿A qué cojones viene eso de exigir  beneficios penitenciarios para los presos etarras y acercamiento a vuestra tierra? ¡SI SOIS IGUAL -O PEOR, YA LO HE DICHO- QUE CUALQUIER ASESINO ENCERRADO, ¿QUÉ MIERDA ESTÁIS PIDIENDO?. No nos habéis hecho ningún favor con "dejar la acción armada". Sencillamente era algo que jamás debíais haber comenzado, ¿o es que creéis que merecéis algún premio por, simplemente, haberos sentido un momento "racionales"?
No, gentecita, no. Las penas con sangre de por medio las cumpliréis enteras. Ojo, y en la cárcel donde os haya tocado...
¡Tantas cosas os diría que me desbarataría! Una sola: Hubo una temporada de años en España que yo sólo lloraba con el telediario en cuanto daban noticias e imágenes de alguna terrible y cobarde acción vuestra. ¡Iros a la mierda, hombre y cumplid las penas impuestas con un valor que no conocéis pero del que presumís por vuestras matanzas salvajes!

A pesar de vosotros, grupo asqueroso, yo sigo queriendo como siempre a ese hermoso País Vasco y a los pocos o muchos vascos con los que en mi vida he tratado, comido, bebido y hasta cantado -aun reconociendo lo pésimo de mis tonos-
 

Vamos aintentar seguir por
 

sábado, 3 de diciembre de 2011

AUTOBIOGRAFÍA DOLOROSA

Fotografía de Febrero de 2009

Desde que inicié este blog, llevo como el peso de una falta dentro de mí: He escrito de muchas cosas, comentando actualidad, dando mi oponión... en fin, temas muy diversos hasta rozar temas personales biográficos (siempre con su debido maquillaje), y este hueco culpable es el dejado a un AMIGO, al tramo final de uno de los muertos que más vivo conservo en mi alma.

(Los relatos anteriores a éste -antiguos, como ya dije- sí que fueron publicados, aunque más valdría no se hubiera producido tal hecho; enfado más que alegría me produjo el verlos tal malamente tratados en "supuestas publicaciones literarias
Éste de hoy, no ha sido publicado; sí fue leído casi en su totalidad en una sesiones literiarias de muchísimo mérito para un pueblo tan pequeño en el que a veces me refugio (ALATOZ -La Manchuela - ALBACETE).

Es el relato auténtico y MUY VIVAMENTE SEGUIDO de la muerte de un ser muy querido aunque tuvo trallazos de esperanza, más deseada que real. De aquí el que fuera escrito "a trozos", en fechas no contínuas, según los acontecimientos nos iban asaetando el alma.

Se inician los escritos en Abril de 2003.
En sus troceados quejidos irán apareciendo las fechas... hasta la última.



RABIA, MUCHA RABIA.

Cuento, o lo que sea, con epílogo que hoy no sé.
Epílogo que tal vez escriba en su momento lleno de alcohol
de brindis alegres y sepultado bajo millones de risas
y pétalos de mil colores, o...
Desde abismos de negros crespones e infiernos crueles,
maldiciendo con más ira que ahora.
No sé, ni saberlo quiero.
Los dioses a quienes pregunto, ellos dirán.


                                     A mi amigo RAFAEL VILA.


                                               &&&&&&&&



R A B I A , M U C H A  R A B I A

Estábamos juntos como tantas veces antes, durante muchos años. Pero ese día tenía una impronta especial: A mi Amigo le iban a dar un diagnóstico médico definitivo. Salió de la consulta y vino hacia mí con el gesto contraído y un brillo intenso, muy intenso en los ojos. Me clavo su azul, gélido y brillante, muy brillante mirar en mis ojos, en los que yo me notaba el temor, el pavor de ver claro: “Me ha tocado, tengo un pequeño tumor cancerígeno en los pulmones, pero –siguió diciéndome y tanteando la broma- matón, pequeño pero matón”. Procuré disimular el impacto y la licuación que presionaba por reventar en mis lagrimales. Mientras, mirándolo y oyendo los detalles, como si sus presencia y sonido me fuesen ajenos, desconocidos, como si del paso de una intrascendente conversación al de una tremenda comunicación siguiente todo hubiese cambiado, como si mi Amigo fuese otro, un desconocido, alguien cuyas cosas duelen como duele la lectura de un periódico a un cotidiano y vacunado lector diario como yo, iba cargándome de la dosis ordinaria de ira hasta que, de repente, todo se me hizo real con infinita crueldad: El que me hablaba y miraba era mi Amigo, no un desconocido. Y me estaba diciendo que me podía, que cabía la posibilidad de que me dejara por un cáncer si no sé qué tratamiento no resultaba... Y ya mis neuronas, nervios, poros, fibras, tendones, carnes y almas, todo en mí se desembridó... Y todas las putas que en el mundo han sido, son y serán quedaron, quedan y quedarán cubiertas, ahogadas en mierda, en la fabulosa cantidad de mierda que mi rabia generó y dejó en proceso de fabricación para que mi pretendido y nunca conseguido desahogo se colmase algún día, si podía.


¡¿Cómo cojones, díganme, se rellenan estos tan abisales y negros vacíos del alma, me cago en todas las putas del universo?!


===ooo===


Tengo el alma de poeta.
Y ahora poeta quisiera parecer
(Parecer: a la vista física de los demás, ser)
Poeta para, con rabia esproncediana,
cantar mi desesperación.
Pero, ¿qué técnicas sé?
¿O es que poesía es técnica?
Quiero decirme, y convencerme: Tal vez lo fue.
Quiero creer, porque para mis intenciones sirve,
que poesía escrita es lamento o alegría del alma,
sentimiento.
Un intentar decir un sentir.
Y la técnica, la rima y el corsé
frenos al grito que se dice son.
¿Lo creo porque a mi agrafía se acomoda?
Tal vez. ¡Y qué!
¿Deben los lamentos del alma ser sinceros o bonitos?
¿Bonitos y sinceros? ¡Carísimo se me pone!
Cuando en hablando del mundo,
de esta puta vida,
te sinceras,
¡Ay, qué poco bonito suena!

==ooo==


58 años.
He despedido a un Hijo y a dos Amigos.
Otro Amigo me dice que podría irse, pronto.
¡¿Saben los dioses lo que es un Hijo,
lo que un Amigo es?!
¡¡Quiero conocer a un dios de esos!!
Le gusta al humano irse, moverse, despedirse.
¡No le gusta despedir, vivir la marcha de otros!
¡Joder, si es sencillo!
¡Qué dioses de mierda serán que esto no entienden!
Quiero conocer a un dios de esos.
Quiero que me explique, con él hablar
(Hablar entre dos: Comunicarse, decir, oir, asumir, contradecir,
razonar. No sumisión, no acatamiento servil. Que la razón se adentre
en lo inrazonable, que navegue por lo inasible,
que entienda y dé realidad a lo inentendible y a lo irreal)

===ooo===


Préstame, Espronceda, tu bomba.
Pero sólo la bomba. ¡Yo pondré su intención!
La dejaré, sí, caer mansa del cielo.
¡Pero yo elegiré los muertos!
Recorreré tu cementerio de muertos bien repleto.
¡Pero a unos pisaré y a otros besaré!
Mándame a tus queridas
sin chales en los pechos
y al aire el muslo bello
¡A ninguna reparos pondré!
Quiero agotar, encalmar mi rabia,
y nadando entre litros de semen hirviente,
lanzarla afuera.
¡Que el mundo sienta también mi dolor
por la salpicadura ardiente
de mi líquida y espesa alma!
Porque otro amigo se me puede ir, dejarme.
¡Y soy tan rico en Amigos,
tengo tan pocos!

¡¡Quiero, coño, conocer a un dios que me explique!!
Más: Que me apacigüe. Que, al menos, lo intente.
Me siento ahora así de egoista.
¡Y no lo lamento ni perdón pido!
El inmenso sufrimiento del mundo
no me afecta, ahora.
Es el mío, ahora, el insufrible,
el que mi alma abrasa.

¡Quiero, coño, conocer a un dios que me hable!
Porque, dioses, por vosotros: Piedad
¡Soy tan rico en amigos,
tengo tan pocos!

===oooOooo===

Alatoz, 25 Abril 2003
Luis Ramírez de Arellano


15 Septiembre 2003

= EPÍLOGO A “RABIA, MUCHA RABIA” =

(Ruego sea el primero y último)

No estoy lleno de alcohol por alegres brindis ni sepultado bajo millones de rosas y pétalos de mil colores.

Es mi infinita alegría de hoy solitaria y serena. Gozosa, tanto como los sentimientos más profundos se pueden gozar en soledad, esa soledad tan necesaria para pensar, revivir e intentar asimilar los sucesos fantásticos que tocan tu vida.

Tiempo habrá, y vendrá, de la celebración pagana y mundana de gritos, jolgorio y copas. Ya vendrá porque mi amigo Rafael, ¡se ha curado!. Le queda recuperar sus antiguas fuerzas. Mas los galenos insisten: “el cáncer ha desaparecido”.
De momento, me recojo en soledad para desperezarme, con infinitos sosiego y contento, zambullido en las cálidas aguas de una recobrada esperanza en la vida.




= ÉSTE TAN DOLOROSO DOLOR =
(Segundo y maldito epílogo a RABIA, MUCHA RABIA” de unas páginas atrás)






¡Qué dolor tan intenso!
¡Cómo duele el empuje de este designio ineludible!
Me duele el vacío del blanco de esta hoja.
La negra plenitud de la tinta, me duele.
Me duelen las yemas de los dedos apretando la pluma estilográfica.
¡Me duele la pluma!
La muñeca que se desliza; el brazo entero,
¡me duele!
Me duele el corazón, que bombea directo a la intención.
Me duele el desprecio a la razón en este grito; pura alma.
¡Es tan caliente, tan hirviendo está!
¡Qué dolor tan intenso!
¡Qué doloroso dolor!
Tengo que escribir del Amigo, enfermo de muerte... Y, ay
¡Cómo duele el empuje de este designio ineludible!




Nos equivocamos todos; nos “quisimos” equivocar. El malhadado mal escondido estaba. Tronaron las palabras y frases feas: Sistema linfático; agresivo; posible metástasis; páncreas y cerebro, mala cosa; nueva quimio; radio; quimio fortísima... ¡Qué tremendo dolor!
Uno, utópico incorregible, piensa que cuando a un humano, especie tan orgullosa de su condición, se le somete a un asqueroso proceso de degradación física, a una ultrajante humillación de su dignidad vertical, a un sufrimiento tan difícil de soportar, se le deberían adormecer o entontecer sus neuronas, anestesiar los centros nerviosos del cerebro que registran, procesan y traducen las sensaciones que músculos, huesos y cartílagos le remiten.


El Alzheimer llega a un punto en el que se torna caritativo para el trágicamente mordido por él: Todo se borra en el gris laberinto del cerebro; se acorchan las sensaciones; parece que todo se torna en mera reacción de instinto animal; bendito abandono del análisis racional. El cáncer no. El maldito cáncer es puta crueldad hasta los últimos instantes. Obliga a su víctima a vivirlo, a convivir con su purulencia. Manteniendo intactos los vericuetos gozadores y sufridores de la masa blanda de nuestro cráneo, hace que el dolor, físico y anímico, lo perciba el torturado tan espantosamente real que, buscando paz hasta en la incongruencia, no se admita como humano tan extenso y cruel dolor, tan sentido... ¡tan pensado! No se admite ni como humano, ni como justo, ni como merecido, ni como... Ni tan siquiera como interrogante.
Yo tenía un Amigo con una determinada apariencia, con un personal empuje,
con un mirar azul vivísimo hacia la vida, con una prestancia social, con una aproximación hacia la hiperactividad, con un tierno mal genio, con un gozoso secreto –conocido al amor de una amistad añeja caldeada con cervezas, humos y orujos-, con una decisión de hombría de bien en su vida, una muy determinante decisión... Yo tenía un amigo...entrañable. Gozaba yo de su vitalidad, de su fuerza, de su darse. Lloraba con él, entre colillas y lúdicos y lúcidos razonamientos, “etilizados” en su justo grado, de su secreto gozoso. Aplaudía su triunfo sobre la tentación, este tipo de tentación que lacera tanto si la vences como si en ella sucumbes. Maldecía con él ésa como penitencia con la que nacemos por causa de un pecado incomprensible: La obligación constante de elegir.


Pero a este Amigo lo hirió el cáncer.

¿Adónde fue, querido Rafael, tu humana presencia tan conocida por mí? ¿Qué fue de aquella tu imagen? ¿Dónde escondiste tu humor agrio, nada sutil? ¿Dónde, dime, anda ahora tu pecho abierto dispuesto siempre a derramar síes, entregas y favores? ¿Cómo, querido Amigo, soportas tamaña infamia sobre tu cuerpo? ¡¿Cómo coños aguantas la película que tu mente proyecta, crudelísimo retrato de tu degeneración, de tu tan doloroso dolor? ¿Era necesario, para morir, tu indigno proceso de pudrición, el tremendo sufrimiento de tu intelecto viviéndolo? ¡¡No!! No era necesario. Ni justo. Ni humano...

(No hay que preguntar –he aprendido ya- nada sobre este absurdo que es la vida. Menos aún sobre lo que, por y en ella, soportas y sufres... Hay que vivir despreciándola; es lo que procede)

A lo mejor, Amigo, me da un algo y muero yo antes que tú. No sé -¿lo sabe alguien? Debería- lo que tu jodido mal te permitirá ver, oir, sentir, vivir... ¡¿Vivir?! Hoy sólo sé que a aquel dolor egoista plasmado en páginas pasadas se le ha borrado ése que decía su egoismo. Yo no sólo me duele mi previsto dolor por el anuncio de tu marcha. Hoy me duele, como una llaga quemante, tu dolor. El verte doliente en extremo, cómo me duele. Hoy no es propio, mío, mi dolor; es tu dolor el que se instala en mis células... ¡Es verte, oirte, sentirte... y llorar cristales!

Pido a ese Dios de los dos, que va ya siendo bastante más tuyo que mío -¡tanta decepción, tantísimo dolor, son plomada en mansas aguas!- que no sea largo ése tu negro dolor. Que para bien o para mal, acabe de una vez. ¡Ya está bien! Tanta humana condena hacia la tortura del hombre para con el hombre, y ¡¿no es inmensa la tuya?! ¡¿Y quién te la aplica?! ¡¿Se complacen en ella dioses y diosecillos de aquellas mitologías de tan antiguos ancestros nuestros?! ¡¿Qué maldita corriente de aire, qué ventarrón desvía de su destino las humanas súplicas?!
¡Tanto me duele tu inmerecido dolor!
¿Qué hacer, al cara a cara verte, con mi dolor; cómo esconderlo?
¡Qué dolor tan intenso!
La bicha te consume, querido Amigo.
Te hunde, Rafael, todo el espectro del dolor.
Superaré tu muerte; indigna obligación de la condición humana. Pero,
¡no superaré tu dolor!
Y encima, amado Amigo, querido Rafael,
mi bicha dulce y amarga de hoy,
mi mal tremendo por unos pocos
no es sólo sentir el hachazo de su dolor, sino,
para más desdicha mía,
con palabras y frases me urge hacer tangible ese dolor
realizar ese dolor, hacerlo real en grafismo, y
abrazarlo y gozarlo;
sentir que la letra eleva,
aun con tremendo dolor,
éste tan intenso dolor,
ése tu tan doloroso dolor.


Luis Ramírez de Arellano
En Alatoz (La Manchuela-Albacete) en una maldita Semana
Santa, semana de pasión para un Amigo, del año 2004, en su                                                         mes de Abril.


= SE CUMPLE EL COLMO DE LA ABSURDA VIDA =
(Y ENCIMA, CON COCHINA CRUELDAD)
(Definitivo epílogo a RABIA, MUCHA RABIA. Y, aunque esperado, muy triste)

En la madrugada encalmada y de bochorno de un dia de tardía primavera, caluroso y muy luminoso, ha dado mi Amigo su última bocanada de sufrimiento.

Adiós, Rafael. Sólo por amor a ti, por respeto a tus sentires, cabría decirte, en lugar de ese pesimista “adiós”, un “hasta luego”, o “hasta pronto”... Yo, es que... ya sabes, cada vez sé menos de todo y de nada entiendo nada.

En fin, sea como tú lo quieres: Espérame con los chupitos bien fríos; el carajillo para ti; el mío solo... Seguiremos charrando. Y volveremos a fumar.

                                                                       Luis Ramírez de Arellano
                                                                      Valencia, 1 Junio 2004

(Reabilitado aquí con fecha 3 Diciembre 2011 por DESVENCIJADO)


 





















































































































































































viernes, 2 de diciembre de 2011

LAS TIJERITAS.

Voy a intentar "pegar" a continuación el texto del cuento "LAS TIJERITAS", que, con la tecnología de su parte, no le da la gana de salir. Allá vamos (Y conste que estoy preparado para la lapidación, aunque no toda la culpa sea mía, sino que me he lieado con una tía -la tecnología- de lo más rastrero y puñetero que se pueda encontar.



L A S   T I J E R I T A S =


La niña, dejémonos de cuentos, era mona; mejor: monísima. Y algo curtidita, es decir que iba a coger o ya los tenía o se los había dejado atrás los 30 añitos. Para el hombre maduro en la etapa de resistirse a entrar en lo de “viejo”, la niña estaba, sin lugar a dudas, en sazón. Y seguro, pensaba el hombre, cualquier bocadito en parte magra de su anatomía no dañaría ninguno de sus carísimos implantes dentales.

Era ella de piel de merengada espolvoreada de canela. O sea, de color de leche tostadita salpicada cariñosamente de pecas diminutas a veces espaciadas a veces formando constelación. Y ella quería lucirla. Se sabía de pigmento no vulgar –no mostraba las normales características de una pelirroja- y su presencia delataba un ser consciente de andar por la vida rompiendo miradas masculinas y provocando cochinos cotorreo y envidia femeninos. Un cuerpo serrano, vaya que sí. Más que serrano –jamón normalito-, más; como tirando hacia lo que se cría por allá por el arco suroccidental de nuestra España, casi puro bellota.

El vestidito que la cubría en parte –no entendía el hombre maduro ni sabía distinguir entre que si seda, algodón, hilo y demás; tejido borde, en todo caso, dictaminó el maduro- colgaba de su cuerpo con esa holgura enamorada que modela y acaricia y dibuja con suave abrazo las zonas de ese amor que lo convierten en locura, en pasión, en deseo. Pendía el vestidito hasta los tobillos, sí, encaramados éstos sobre algo parecido a unas sandalias de fantasía de añoranza romana –de la Roma antigua, la del inmenso imperio-, coloreadas sus tiras como con purpurina dorada, y alzadas por los bastantes centímetros de unos tacones como estiletes. Pero ¿y por arriba? ¡Ah, por arriba! Cada vez que iba y venía perseguida por la penosa e impotente mirada del maduro, el hombre se atragantaba trasegando una saliba espesa, reseca: Escote en pico de dadivoso ángulo –canal de entretetas diáfano como mar Rojo después de la famosa orden de Moisés- con el vértice queriendo hincarse en el ombligo. Por la espalda trazaba una prodigiosa “U” con los cabos de entrada al golfo de su dibujo más unidos que las orillas de la amplia y cálida dársena. Se presentían, casi se veían las delicadas curvas convexas que unen costados con caderas, vamos, los mullidos hundidos tallados en la cintura para albergar manos de contrario enamorado o enfebrecido. La muy abierta curva sobre la que descansaba esta lujuriosa U, por un milagro de retoque de costurera, tan sólo aireaba el cachondo hoyuelo que marca en su centro el final de la espalda y el inicio del tajo generoso que regala dos jugosas sandías en lugar de una, y cada sandía, por mor del capricho adiposo del vestidito, mostrándose alta, altanera, agresiva y –si mi viejo sentido del buen otear féminas sigue sin flaquear, pensaba el hombre- prieta, muy prieta.Y todo él –el vestidito- contrariando sus propias ganas de caer, de deslizarse entero por el cuerpo de la moza hasta rendirse a sus pies, sujeto en ésta su intención por dos tirantitos de nada, dos hilillos dorados que remontando sus hombros unían los dos altos picos del escote delantero con los cabos de la U de la espalda. El vestidito, de candoroso azul plomo tirando a purísima –no veas- con lluvia de diminutas, apenas visibles, estrellitas de oro, se abrazaba a sus nalgas sin marcar bordes o costuras de braga: Tanga, sentenció el hombre maduro, ¡qué genial invento!.

Y la niña para arriba y la niña para abajo. No sabía el hombre en cuál, pero en uno de los primeros bancos de la iglesia debía haber situado ella su lugar de referencia, porque lo que es sentarse con las ganas se quedó la madera de sentir la calorina de su culo. Y el cura largaba ya la homilía con especial dedicación a los novios. Y la niña para arriba. “Y ahora, recemos”, decía el revestido instruyendo con imperativa elegancia a los asistentes al bodorrio para que se levantaran, coño, que ahora hay que levantarse. Y la niña para abajo. Y el hombre maduro que por educación de crianza –o sea, por edad-, aunque años ha había abandonado eso de la práctica, sí que sabía de misas –posiblemente el único en el abarrotado templo, él, su santa de siglos y algunos más de similar quinta-, se despistaba, porque andando por entre el murmullo de 999 moscardones (perdón por la cifra, pero es que todos ponen 1.000), con ese garboso y dasafiante ir y venir, la niña del vestidito a ver quién era el tontarras que miraba y escuchaba al cura y menos aún ojeaba el negro espaldar del novio o el precioso, chica, precioso velo de la novia que se desmayaba, formando su geometría, sobre los tres escalones bajando hacia el pasillo central.

Al hombre maduro le pareció que la frase final del oficiante, el “podéis ir en paz”, la soltó con soniquete de doble intención. No lo aseguraría, no, pero... ese tono y esa forma de extender los brazos y abrir las palmas....En fin. Entonces retumbaron en el templo, aun por encima del guirigay, las alegres notas de La Primavera de Vivaldi. Y la niña monísima del vestidito debió pensar que ése era, en la ceremonia, su gran momento: Arrancó desde casi la costurilla del precioso, chica, precioso velo de la novia y, más que encaminarse al ritmo jacarandoso de la música hacia la salida, arremetió contra el pasillo central. A lo mejor, pensó el hombre –buenazo en el fondo-, era primera dama de honor de la novia o, ya con meditación prosaica, pensó seguidamente que además de tenerse muy pateados los laterales con su público, ésta era una oportunidad que no podía desaprovechar. Luego, en la cena, el palmito tiene ya otra ciencia para lucirlo. Pasó tan cerca del hombre, situado él en la esquina de un banco anclado por la mitad de la nave, que éste sintió la sacudida del temblor de su teta derecha, libre de sujeciones por supuesto; igual que la izquierda, claro.

oooOooo

Sabía yo que iba a causar sensación. Estragos. Elegí bien el vestido. Ah, y este peinado despeinado, y este tenue maquillaje. Jo, todos me miran. Luzco guay de verdad.

Pero, qué chusco, hay poca gente joven, bueno, pocos tíos solos. Ay, no sé qué bichito me corre por la sangre, no puedo estarme quieta. Voy a salir, le diré a Fulano... Y al entrar otra vez....seguro, jo, cómo debe verse mi espalda, demasié. Y el tío ese viejo no me quita ojo. Pobre, con ésa a su lado; su mujer pienso que será; y lo estoy poniendo a cien. Mientras no le dé un paralís. Yo ya me vi chipén en casa, pero debo de estar....¿Y las viejas y las tías, cómo me miran? Amigas, sí, muy amigas, pero rabian. Anda y que les den por donde no quepa. La que tenga que lo luzca y la que no, pues eso, morcilla malagueña. Huy, voy a salir otra vez. ¿Cuándo acabará el pesado de este cura?. Mira, mira qué manera de aplicarme rayos X el viejo. Y es que no sé qué tengo, pero me estoy pidiendo una marcha caribeña que ni una mulata culona marcándose un bailongo afrocubano. He acertado, este vestido es para ir así: ni sujetador ni bragas, sólo el tanga. Olé mis teticas, tan tiesas y pizpiretas ellas. Bah, ni 30 ni nada: suerte y currelo de gimnasio. Ese viejo no podría pellizcarme el culo, así, bien duro y alto, para tronchar esquinas. ¿Qué, te encandilo, viejito? ¡Pues toma andares guasones! Agarra para la vista ya que te pasó el tiempo de la palpa. ¿Y estos jovenzuelos, se creerán los criajos que matan con esas miradas? No veas tú el chalado del último que me quiso querer, bobito mío lo que te perdiste por matón y chulo, pura ternera argentina a la brasa y cariñito español del bueno, del de sin corpiño, desatado. Pero eras tan imbécil, majo. Y los que veo por aquí que me parece van sin pareja, atufan a cortos de talla. El viejo, ese viejo que ya me ha desnudado veinte veces, mira tú, me da que sí, ése daría la talla. Tiene unas canas de despeine y unas arrugas de planchar, pero.... ¿cómo morder sin dientes? Demasiadas calorías para su colesterol. Da rabia que el mundo no se acople a su mejor acomodo en lugar de ensamblarse como piezas prefabricadas. ¡Huy, qué picores! Voy a salir otra vez. ¡Disimula un poco, caray, viejito, mírame de vez en cuando la carita, que tampoco está mal, hombre!

ooo0ooo
                                          
La cena había sido a la última y normal en su desarrollo. Es decir: amplia zona al aire libre con mesas redondas para entre diez y doce tragones y criticones, o sea, invitados. Todo el espacio abrigado por verde, mucho verde iluminado con la disposición de focos más efectista. Césped, humedecida alfombra de césped, pinos, muchos pinos y macetones a sus raíces o desperdigados como con descuido y reventando de geranios de todos los colores y margaritas, éstas todas blancas, eso sí.La piscina, también iluminada con luces submarinas, dando ilusorio alivio al calor de la noche de Agosto.

Antes de aposentarse en las mesas, al mogollón ante el expositor acorchado con folios sujetos con chinchetas para ver dónde habían situado a cada cual. “A ver si nos fastidian como en la última, cariño, y nos endilgan en la mesa a tus primos”. “¡La 9, tú, macho, estamos en la 9! “¿Y dónde coño está la 9?” “Espera, tío, que primero va el aperitivo de pie”. “Ah”. “¡Mira, ya salen con las bandejas!” A unos camareros les cortan el paso a lo seco, con sonrisa o sin ella. A otros se les persigue en bandada. Desde las copas de los pinos tal parece una masa de estorninos con blando abombarse y estrecharse en pos de la liebre de chaquetilla blanca portadora de vasos de cerveza –casi siempre caliente-, coca-colas, güisquis, vino.... “Oiga, ¿no lleva jerez?” “No, señor, ¿si quiere un jugo de tomate?” “Oye, tú, que por allá sale otro con croquetas y calamares y aún no los he probado”. “Pero si te has hinchado a canapés y frivolidades saladas”. “¡Mira, joer, ya lo han cazado!” Luego, ya aculados en las sillas forradas de cretona acoplada con grandes lazadas, el follón de 300 vasos y unos 100 cubiertos. Los panecillos justos, pero ¿cuál es el tuyo, el de la derecha o el de la izquierda? A leer el menú. “¿Qué será ésto, oye?” “Ah, no sé, algo de carne si va de segundo”. Entre plato y plato unas sonrisas con los asignados a tu mesa, 20 ó 30 chorraditas, la escuchita a la pareja con la calificación obtenida por el plato anterior y la esperanza de que el tinto sea mejor que el blanco; sacar alguna pinocha de los vasos y, cuando este entrenimiento se agota, un sueñecito mientras llega el siguiente, porque de sorbete de limón no se repite y no puede uno engañar la espera dándole traguitos al blanco, algo dulce y con aguja, leche, que se sube sin darte cuenta.

Ya pasada la indestructible horterada del “¡vivan los novios¡” “¡vivan los padrinos!” “¡que se besen, que se besen, que se besen!”; cumplidos los trámites del tachán-tachán nupcial de la irrupción de la gran tarta de boda, los espadazos a dos manos –la del novio guiando a la de la novia- para partir los 7 pisos de mejunje dulzón de merengue, bizcocho borracho y fina capa de chocolate, los torpones pasos de los ya contraídos en el vals de apertura del baile y los más académicos y castizos de los padrinos junto con las cinco o seis parejas carrozonas que se suman a los novios y padrinos para danzar al son de lo suyo (el hombre maduro, con su santa de siglos, no perdonaba en ninguna boda este vals telonero del ruido rey posterior y las pachangas de las canciones del verano y ritmos caribeños en boga. Ah, con el vals sí, gozaba y hasta intentaba lucirse hasta hacer trastabillear y marear a su señora esposa, ay, por Dios, tanta vuelta, para ya, hale, vamos a sentarnos), digo, decía, pasado todo este habitual y cansino protocolo, la barra libre ya estaba abierta (barra libre: postrer invento de unos años acá de los espabilados de la restauración en el negoción de festejos de bodas) Muchos maduritos brincaban como sabían y podían –pero, oiga, para filmarlos- con la música atronadora de calientes notas nacida por los mundos de más abajo del Ecuador, tronchadora de caderas añosas y castigadora de artrosis, deschaquetados ellos y desenchaladas ellas, con cubata en una mano y un rubio light en la otra ellas, con el puro obsequiado por el padrino en la boca ellos y un coñac, un güisqui, un ron en vaso de tubo o algo así en una mano y la otra, alocada, dibujando tonterías sin fin entre el humo y el follón. Nuestro hombre maduro, aparte de tener que haber restringido drásticamente su hábito de fumar, maldita sea la mierda esta de cumplir años quieras o no, jamás se fumaba el habano o el canario del padrino; tenía una colección enorme en casa de cigarros de bodas –ya secos, deshaciéndose, infumables muchos de ellos- porque sostenía que eran los puros que más caros le salían, sin ser fumador de puros, y merecían conservarse y no hacerlos humo, hala, enseguida y así porque así.

Salvo en los escasos minutos en que, durante la cena, había dedicado su atención a las viandas, en cada sorbito al vino, que le permitía alzar la vista, y en los largos entreactos de entreplatos, el hombre maduro, como despistando, no había perdido ojo al ajetreo paseante de la niña monísima del vestidito y a sus escotes, frontal y dorsal, brillantes de luna y farolas. Tan pronto emergía la niña, erecta como un junco bellamente esculpido, allá por el otro extremo del sembrado de mesas, risas y cabezas, como le daba un susto de infarto al encararle los imanes de sus hermosas nalgas al conversar inclinada y de espaldas a él con alguien de una mesa cercana –alguien bienaventurado, pensaba el hombre maduro, que estaría visionando la soltura maravillosa de sus pequeñas y amorosas tetas.

Con el despacho a mano suelta de la barra libre y los decibelios perforando tapones de cera auditivos hasta ponerte lo gris cerebral a revoluciones de chachachá, salsa, cumbia, samba, rumba, etecé, la pista, oliendo a sudores mezclados con 359 colonias y esencias, a alcoholes con campanillas de cubitos de hielo y a tabacos rubios y negros, parecía una masa de epilépticos en lo fuerte de la crisis. El hombre maduro pensaba, animado y ya con cachondeo etílico en el cuerpo, que él y otros como él y su santa de siglos, movían el esqueleto, pero las jovencitas, las niñas monísimas de pícaros vestiditos, movían la carne, sus carnes de textura de flan muy cuajado; y los jovencitos....¿había allí jovencitos? Era lo bueno de estos bailes de ahora: A tu pareja, si te da, ni la ves ni la miras. Y de entre toda la piel morena que allí se agitaba, sobresalía con destellos la epidermis de leche tostadita de los brazos de la niña, anguilas danzarinas, sus hombros algo perlados por gotitas de sudor, sus caderas de goma, sus pechos calientamiradas, que si me voy a salir pero no me salgo, y, cagüen, lo extraordinario de la sujeción de toda la casi casta funda textil de cuerpo tan delicioso por dos insignificantes y delgadísimas tirillas doradas, una a cada lado de su cuello de víctima de vampiro.

En medio del fenomenal barullo se acercaron al hombre maduro y a su santa de siglos, los padres del novio, él con puro y copa en una mano y la otra escondida en el bolsillo del pantalón, ella con un gintonic agarrado con las dos y toda la cara un contento, una risa, una juerga. Pararon los cuatro sus movimientos y a grito pelado, aunque apenas se oían, intentaron hablarse unos momentos: “Todo fenomenal” “¿De verdad; habéis estado bien; cómo lo pasáis?” “De verdad, oid, estupendo todo. Y ella está guapísima”. “Oye, el traje precioso, eh”. Y en eso el último trago que le llega al cerebro al hombre maduro y entra en la bromita haciéndole mención a la madre del novio de la niña, de la perla preciosa que iba danzando por allí, sola. “Bueno, chicos, no os vayáis aún, divertíos; nos vemos luego”. Y hala, a seguir castigando los huesos, dejarse machacar los tímpanos, fumar de más y pedir otra copa, que sí, mujer, que estoy bien para conducir, que no te preocupes.

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Por la autovía, ya de vuelta a casa a las tantas, a setenta por hora, aguzando la vista para distinguir a tiempo los chalecos reflectantes de la guardia civil, si me hacen soplar la fastidiamos, y con la santa de siglos dando cabezadas a su lado, el hombre maduro iba castigándose duramente: Malditas bodas, maldita barra libre, malditas copas. Siempre tengo que cagarla con alguna memez de viejo atolondrado. ¿Y esta tonta del bote coge una broma de nada y la mete, también? Debía nadar en más copas que yo.

Claro que ella celebraba que, por fin, había casado al chico. Y recuerda el hombre maduro, agarrado con rabia al volante, cómo, entre la bruma y el estruendo, se le vino encima la madre del novio arrastrando de una mano a la niña monísima del vestidito, se le plantó delante y....¡toma ya! “Mira, Nina -¡yyyyy, pensó él, casi ‘Niña’!- éste es Madurito, un amigo de toda la vida. Me ha dicho que estabas muy guapa. Anda, Madu, aquí la tienes, es Nina, amiga de mi hija”. Y cómo la niña monísima le acercó mucho sus mejillas para hacerse oir, cómo se tambaleó con su aroma: “Encantada. Y gracias”. Y el alcohol puñetero que lo obnubiló: “No, mujer, es verdad, estás preciosa, eres preciosa; sólo quisiera tener unas tijeritas para cortar esos tirantitos”. Risitas de la niña, un mimoso gesto de susto y su huída dejando la estela de sus nalgas saltarinas más montaraces que nunca. La voz de la santa de siglos: “¡Chico, por favor, qué dices. Huy, no bebas más!”. Y el tortazo inmediato del pequeñó rincón de conciencia todavía sin intoxicar: “¡Ya está, la gansada, el ridículo. La he cagado!”.

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En la pista de baile sólo quedaban los grupos de jóvenes. Pasaba de las cinco de la madrugada. La niña monísima del vestidito contaba a unas amigas lo que le había dicho el hombre maduro, toda ella movida por aspavientos y risas.

- ¿Qué os parece el baboso viejo verde?

- Es que, Nina, pobre hombre. ¿Tú sabes cómo vas?

- ¡Pues monísima, guapa; voy monísima!


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LAS TIJERITAS


Fotografía de Septiembre de 1994

(Boda de la princesa Susana Maria con Marcos, y aprovechando el fiestorro, mi santa (?) Amparo y yo, ya que coincidía aniversario, va y celebramos Bodas de Plata (casi de "alpaca").

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El cuento que a continuación pienso transferir aquí, data de Septiembre de 2000.  De la forma más amable que entonces pude (hoy sería mucho más agrio) e intentantado plasmar lo que para mí significaban -y hoy aumentado hasta el desbordamiento- estas "fiestecitas" de la BBC (boca, bautizos y comuniones). No volveré a contribuir, jamás, ni siquiera con mi asistencia, al "merder" en que alegre e inocentemente se meten sobre todo esos contrayentes tan bien ataviados, guapetones y apetitosos. Allá ellos; nunca se me podrá culpar a mí de mi aquiescencia y conformidad por mi simple asistencia.

Ya lo he anotado antes: Cuento dado a luz en Septiembre de 2002.

Y lo dedico especialmente a mis queridos amigos y parientes PABLO y FINA.

Y añadiré una dedicatoria, QUE NO SÉ DE QUIÉN ES SU ORIGINALIDAD, pero que el gran ASESOR del Bar de mi Esquina,
 (Aromas) me regala (al igual que el gran CELA -sólo escribiendo-, en su novela LA COLMENA, tiene un personaje qie inventa palabras, llega uno a tomarse lo que pueda y va y le regala una palabra de la que ni me acuerdo.

CITA más que dedicatoria, que esta última ya la he hecho:

                            "TODOS DEBERÍQAMOS CREAR ALGO.
                             YO CREO QUE TOMARÉ OTRA COPA."
                              (Suena a Grouxo Marxs, pero no sé...)




   



jueves, 1 de diciembre de 2011

VENTOSIDAD (Parido en Diciembre 2000)

¿VAMOS CON EL PRIMERO DE LA NUEVA SERIE?
(Respiren hondo)

= V E N T O S I D A D =


(Ensayo y loa)



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Es la ventosidad acción necesaria.


Es, también, arte. (La “necesidad” no tiene que conducir, por fuerza, a la vulgaridad.)


Dijo alguien –sé que en algún sitio lo lei- que para la mejor higiene del cuerpo y bienestar anímico, necesita el bípedo expulsar al día DIECISIETE ventosidades, como mínimo. Mayor placer y relajo si se producen en mayor cuantía.


Es la ventosidad acto tan íntimo como el evacuar –vulgo, cagar-. Por ello requiere de recogimiento, concentración, actuación y satisfacción.


Ocurre que, llegado el humano a ciertas edades, su intimidad deja la singularidad para devenir, como mínimo, en dueto que se persigue sea armonioso, comprensivo, amoroso, de un entregado compartir, o sea, de un abnegado soportar, a qué engañarnos.


Inventada “la pareja” de entrega y amor eterno –algún diablillo borde andaría en la redacción de sus estatutos-, saltó a la palestra la dificultad de, en la “intimidad de dos”, sobrellevar la intimidad de uno, “del otro”.


Y he aquí que en el mundo, desde su Creación o Big-Ben –allá cada cuál con sus preferencias-, existieron, y existen –loado sea Dios- seres flatulentos, es decir, seres racionales dotados de un organismo proclive a la elaboración de gases.


Estos seres son dichosos o desgraciados, según se mire. A saber:


a) Aquellos que generan vientos y están dotados para su pertinente evacuación -¡Oh, bendito descanso, dicha excelsa!.


b) Otros que fabrican iguales flatos y no cuentan con la feliz facilidad de su aireación. Suelen ser humanos amargados con el reflejo de su embotamiento en lo agrio de su gesto perenne.



Vamos a investigar aquí la situación vital del primero de ellos: El dichoso al que la Naturaleza ha provisionado de los mecanísmos adecuados en sus tripas para aligerar cuerpo y poner satisfacción en su sonrisa.



Antes de aventuarnos en cuestiones más personales, conviene analizar la naturaleza del viento que nos ocupa.


Sin lugar a dudas, debe inclinarse el individuo –activo o pasivo- por el zullenco sonoro. No es éste traidor ni noqueador de pituitaria sorprendida. Es el pedo, cuesco o pedorrera, sonido floreado, seco o contundente –sometido a usos o costumbres del artificiero- y, normalmente, inodoro, o sea, asumible con una mínima dosis de cariño por acompañante ocasional o permanente.


Nos dice la experiencia que hay que huir, como de fuego que quema tus posaderas, del meteorismo silente, rufián pútrido que sólo da fe de su volátil presencia cuando ya todo entero ha violado nuestras narices y se asenta, con extremo hediondo aroma, en nuestros desmayados y asfixiados sentidos.


Obviando la brevedad y presumiendo de haber dejado diáfana, a pesar de dicha brevedad, lo profundo de la neumatosis, es de justicia avisar que el uso de la facilidad de regoldar analmente no debe convertirse en abuso o alivio en momentos o lugares nada apropiados a lo que la intimidad del hecho requiere (Tómese como ejemplo que nadie osa aflojar de sólidos sus intestinos en medio de amable reunión familiar o grupo de amistades que, por mucho que nos amen o comprendan, primero, no entendrán; segundo, puede que avisen al manicomio más próximo).


Éstas son las reglas a tener en cuenta. Y seguirlas, claro.


a) Jamás peerse en el transcurso de un apasionado beso lengüetero con ser amado, ligue puntual o presa dubitativa.


b) Por supuesto, olvidar tajantemente el aflojamiento si la acción pasa del acto anterior a consecuencia horizontal subsiguiente. La embravecida líbido puede sufrir un encogimiento difícil de enderezar duante mucho tiempo.


c) Abstenerse –asunto de elemental educación- en situaciones de grupo familiar o amiguetes parlanchines. Suele sonar feo –cosas de la sociabilidad-. No sé por qué –poca comprensión que hay-, pero suena feo. ¿Por qué crearnos innecesarias enemistades o arbitrarias personalidades?


d) Nunca, tampoco, ante descendientes –vulgo, hijos- hasta que su razón alcance a comprender lo lujoso y bonancible de esta facilidad y las normas de su debido uso.



Y descansados por todo lo anteriormente vertido, debemos llegar a la conclusión, o detenida moraleja, que movió esta reflexión sobre el arte y la necesidad de la ventosidad y que pretende inyectar alguna ciencia que ayude a la supervivencia de la convivencia.


O sea, adivinado habéis que toda esta disquisición no era destinada al pedorrero solitario que a nadie debe dar cuentas de sus felices o nefastas habilidades. No. Es su meta ese frágil mundo de la pareja -hetero, homo o como les piquen sus cromosomas, da igual-


Así, la vida cruel, frecuentemente junta a seres, como dice el dicho, ciegamente, sin mirar si casan o congenian o son proclives a la enemistad sus gustos e intimidades. Tal es que, por fuerza, ante el ajuntamiento, esa intimidad personal e individual debe convertirse en una compleja nueva intimidad de dos en uno -¡si al menos llegásemos a eso de la Trinidad!-.


Sucede pues que menudean los apareamientos nacidos de la única fuente del Amor que no sabe, ni tiene el porqué, meterse en las camisas de veinte mil varas que cada uno de los miembros por él unidos llevan en su panza. Sabe que su fuerza debe ser suficiente para arribar al cómodo acomodo de uno al otro y del otro al uno.


El angelote rubianco y regordete que lancea con dardos de amor los corazones, suele meter la pata con aquello de enlazar a quienes no son afines en inclinaciones o necesidades ¡Y ya hemos llegado!


Se abrazan millones de parejas en las que uno de sus miembros tiene la dicha de ventear con fluidez la manía de sus tripas de hincharle como un globo. Muy frecuente es que el amado o amada no padezca este incordio interno y, por lo tanto e influído por absurdos respetos sociales, no entienda ni acepte, incluso reprima agriamente, las sonoras tracas bienhechoras de su pareja (largos años cuesta de asimilar y, lo mejor, asoma la comprensión cuando la propia degeneración vital se anuncia con esos hinchamientos que no se conocían y se siente uno tan dichoso de crear orquesta de viento acompañando al tanto tiempo vituperado).


Diríamos, pues, al elemento del dúo puntilloso con los flatos del otro que si en su ánimo anida el cariño, mírese el pajar de sus propios ojos y acoja con benevolencia los aires de su pareja –a fin de cuentas, todos somos gas, mucha agua y algo de materia sólida- como componente de su persona, de ese todo que queremos querer. La intransigencia no más que lleva a una estación: La Terminal, el final, a la pérdida del ser amado por no acomodar con ternura el oído al sonido de sus entrañas. ¿Y por qué tan irremediable final? Ahí va:


a) El amor del flatulento puede llevarle a, por complacer, obstruir con adminículo de corcho o plástico la salida natural de sus cuescos. Resultado: Iría hinchándose por minutos, por días, por meses hasta llegar al terrible y predecible reventón. Al hoyo el pedorro.


b) Lo incontenible de sus desahogos, ante el ambiente tan hostil, lo llevaría a buscar otros reductos más amables y comprensivos.



Dicho lo dicho, epilogamos concluyendo con que la continuidad de un bello amor no puede ser vencida por un pedo. Ni por diecisiete.


Buenas.


                                                  Luis Ramírez de Arellano
                                                 (Diciembre 2000)

                                                   Hoy, 1-12-2011, DESVENCIJADO)








APENAS PEQUEÑOS CAMBIOS EN LO HONDO.


Fotografía de JULIO de 2010
(La Fresneda, Teruel, comarca del "Matarraña" -preciosa-)
Como por una de estas calles -ésta es la principal-  con estilo de soportales mozárabes, vaga mi alma de arriba hacia abajo, llena de claroscuros que protegen de frío, nieve, lluvias y vientos al vecino, su cuerpo sentidor de elementos naturales, pero... ¿y de esos cambios de luz, de esas intermitentes negruras y deslumbres...?
¡Bah, nadie se caliente la mollera!: Esto es así, y no hay más. O, en su caso, que me convenzan o me lo demuestren.

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Mi vida viene a ser una especie de claroscuro permanente, algo así como lo que la ciencia define como “bipolaridad”. (Bien, esto puede ser fatal; pero ocurre, como siempre, que la ciencia se olvida del “componente o factor humano”; es decir, uno puede llegar a estar hasta el “pirri” de ser un tipo, como se dice ahora, supersimpático o, con el mismo léxico, un “muermo” total. Ello, claro, porque nadie sabe ni por un segundo poner en funcionamiento su empatía (si es que sabe lo que es y si la tiene).


Toda esta tontería de arriba viene a cuento porque he decidido mostrar aquí escritos de mediana o antigua edad paridos por mí, unos con su dolor correspondiente y otros gozando, lo que se dice disfrutando, de escribir con la risa y el contento metidos en los adentros y brotando por los dedos o que aprietan la pluma o, directamente, teclean. (¡Ay, este teclado está arrancándome mi antiguo enorme placer de, con una buena pluma estilográfica, dibujar estas grafías, con viaje tan directo de mente y alma hasta los dedos!)


Y todo lo que adelante soltaré (cuando sea una excepción, lo advertiré).


Lo alumbré en una época en la que, todavía, yo peleaba con premios, editoriales y negros seres (lo siento, así me los he imaginado siempre) llamados “correctores de estilo de las editoriales”. Un mediano o mal informe suyo, te podía mandar a la mierda un trabajo de dos, ¿tres? años. (lo cual no quita para que sí, fuese una mierda), pero coño, un mínimo de comprensión y abracitos para un señor ya sin lomo, extinguido y masacrado en ese tocho de folios que alguien, que ni sabe quién eres ni te conoce, con una frialdad que asusta escribe en su informe: “…no vale, no es buena, no venderemos un clavo”. El tipo que eso escribe, creo yo que, al menos, con lo rica que es nuestra lengua, podía gastarla de una forma menos marrana al acordarse de, quizás, el año –o dos- que el ilusionado aspirante ha escrito, ha gastado y quemado hasta convertir algunas hebras de sus cabellos (si no es calvo) en, con una extraña y macabra magia, tintarlas de ceniza, o de plata.


De buena o mala manera, en cada cuento, o lo que sea, advertiré si se publicó o no (aunque casi siempre –no, mejor siempre- de una manera nefasta-, es decir, como si no se hubieran publicado, mejor hubiera sido).


Conviene comenzar con algunas piezas bufas (como dicen en la ópera). Ya me he ganado bastante fama de ser de plumaje negro de cuervo que se nutre de carroñas. Aunque yo siempre me defiendo con lo mismo: Jamás me fiaré por entero de un ser al que no haya visto nunca serio. Es muy sencillo, nadie ha conseguido convencerme de, siquiera, algunas pequeñas breves alegrías que te puede dar esta putísima vida.


Muchos de estos escritos los tengo pulcramente encuadernados, intentando dar a estos volúmenes la forma total o común de un conjunto “NADA HOMOGÉNEO”, tal como los muy ilustres señores críticos alaban (todavía no sé la razón); si un señor decide reunir, encuadernar y dar a imprenta y examen de editorial cualquiera, yo al menos, jamás he intentando que todos los cuentos, relatos o lo que sea, tengan un fondo común. ¿Por qué esta idiotez? ¿No disfrutará más el lector leyendo “variedad” y no un tocho de 200 páginas lleno de relatos distintos pero con idéntica temática de fondo, alternando relatos de humor, o con tintes de comedia, o serios, tristones, trágicos, que todos tengan el sentido final de una sonrisa de la que te hartas o una negrura con la que no más acabas que pidiendo luces de candelas? (Esto hay gente que lo considera “pataleos de un frustrado que 'no ha conseguido llegar'…” Pues qué bien. Qué maravillosa la libertad de la mente de nuestros congéneres para pensar lo que les salga del pito. (Lo de “pulcramente” encuadernados del inicio, no más es por los bastantes viajes que han hecho a concursos y editoriales).


Uno de los pequeños tomos que conservo encuadernados con diferentes temas (aclarado está antes) tiene una dedicatoria de entonces (AÑO 2005 – AGOSTO) – Hay que percatarse que andamos acabando el año 2011, y este tomo, en su primera hoja, llevaba –lleva, coño, todavía- esta dedicatoria:


Para ELLA,
tan cercana,
tan lejana.
Triste incongruencia,
¡tan humana!




Hoy, fecha del 1 de Diciembre de 2011, como el que dice, simulando una nueva etapa, con escritos míos más antiguos (aunque siga colando actualidad, que es, ahora, lo que más vivo), no encuentro dedicatoria, pero sí cita, teniendo en nuestra España tan inmensos poetas, entre todos cuyos versos, rediez, alguno nos “toca”:




ANOCHE SOÑÉ QUE OÍA
A DIOS, GRITÁNDOME : ¡ALERTA!
LUEGO ERA DIOS QUE DORMÍA,
Y YO GRITABA: ¡DESPIERTA!

                                                                       Antonio Machado


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