sábado, 7 de enero de 2012

OIGA, DOCTORCITO (Cuento antiguo)

** OIGA, DOCTORCITO **

(Largo introito o, mejor, dedicatoria luengo tiempo rumoreando por mis neuronas literarias debido al desahogo de la salida en una más o menos decente plasmación tipográfica)

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Mis lecturas se nutren, mayoritariamente, de escritores en lengua española de –como se dice- uno y otro lado del charco. Y también, mayoritariamente, de escritores VIVOS (son los que más necesitan ser leídos –digamos que por subsistencia de una vocación grandiosa y, para el lector “letraherido” y curioso, por intentar mantenerse al día de tendencias, modas y –lo que a mí más me encanta- saber de los más furibundos personalistas e independientes y que “largan” su labor y sus trabajos al margen de esas tendencia y moda; me subyugan estos escritores LIBRES; no sé si me hago entender.


Dicho lo anterior, también he de proclamar lo que está de moda proclamar (permítaseme la redundancia, si es que la hay): yo no sé si tengo mis particulares fuentes de alimentación literaria con algún, o algunos, clásicos. Si se me permite, sin fulminarme, yo no tengo fuentes de las que haya bebido ni de griegos ni de romanos (algún libro de estos me ha sido regalado por algún familiar conocedor de mi adicción lectora y, lo siento, no he podido acabarlo). Tampoco soy de los que se defiende diciendo que sí, que han leído a Joyce o los que aseguran haberse mamado la kilométrica y pesada obra En busca del tiempo perdido, del muy conocido Proust y su famosa “magdalena”, o para mí –perdóneme aquél a quien ofenda- la desquiciante obra de Kafka, del que sólo pude leer con sosiego y cierto entusiasmo su Metamorfosis; con todos los respetos y reclamando mi derecho democrático a opinar, al tal Kafca no más se le pueden leer algunos fragmentos de su obra y, entera, la ya nominada Metamorfosis. Lo demás allá cada quién presuma de su lectura (¿Falsa presunción o realidad.? Ay, cuando a alguien se le pilla en estas mentiras fatuas...). Porque en su famoso Proceso llega un momento que entre el dolor de cabeza y sus laberintos de edificios tenebrosos y paisajes urbanos fúnebres, uno no llega nunca a entender quién es el juez, quién la autoridad y ese maltraer a un ciudadano anónimo y, hasta cierto punto, ejemplar, aunque resulte ser un muerto de individuo, tristón y sin gracia alguna.


No sé, la verdad, a santo de qué me he metido en estas filosofadas baratas y nada científicas analíticamente. Puede que, tal vez, no sé, lo repito, porque la gente seudoliteraria, se deja llevar por lo “politicamente correcto”. Pero ocurre que yo no he sido reconocido ni soy literariamente conocido. O sea, que puedo expresar, literalmente, lo que me salga del pito. Es decir: Mis clásicos: los rusos, la novela cien por cien y algunos españoles también del XIX o principios del XX (Los Blasco Ibáñez, Pérez Galdós, Unamuno –poco-, etc.) Todo ello de la poco nutrida biblioteca de mi padre y, encima, cribada tanto por la censura extramuros como por la moral familiar. Además no he respirado aires universitarios que, sin duda, hubieran abierto mucho más mis miras (finales de los 50 y todos los 60 del 1900). Además (cómo olvidarme) está mi inclinación a comprar libros, intentando fiarme de críticos (no siempre, o nunca, fiables), de escritores noveles y que, encima, los publican editoriales pequeñas, libres e independientes. ¡Éstos hay que adquirirlos! ¡Y leerlos, cómo no! Se lleva uno unas muy agradables sorpresas con la labor de estas románticas editoriales y el trabajo de estos anónimos escritores que a saber cuántos miles de folios han guardado en cajones polvorientos antes de publicar, poder publicar alguno de ellos.


Todo este rollo anterior viene a cuento de que el siguiente relato que intento narrar, y que me quede, al menos, aseado, quiero dedicarlo a toda esta gente escribidora que tanto, tantísimo han nutrido mi espíritu atormentado, me han alegrado, me han transportado a mundos, como mínimo distintos, en los que he podido olvidar la mierda que es éste en el que habito, que han pinchado mi alma, que han movido mis pensares, que... en fin, ¡tantas cosas!


Pero sobre todas las vivencias que han incrustado en mi alma al leer sus obras, el primigenio motivo que ahora me mueve a dedicarles un humildísimo homenaje, es que a todos debo algo de lo poco bueno que pueda tener mi literatura. De todos he aprendido; todos me han influido; todos me han inclinado a tirar por aquí o por allá. En definitiva, de todos ellos, repito, he aprendido. Lo jodida cuestión estriba en que si he sabido asimilar toda la ingente calidad de lo leído –y lo que pienso aún leer, con permiso de la Parca- o he sido, y soy un lerdo total dado que a mis años, a pesar de tantas lecturas, y buenas, tan poca cosa he podido publicar con tan pobrísimo eco social y mediático.


Finalizando: El relato que a continuación pienso relatar (¿cómo se llama este modo literario en el que acabo de caer?), lo dedico, con toda mi alma, a todos los escritores, vivos y muertos, que han conseguido hacerme la vida más llevadera y, por encima de todo, que me han influenciado y de los que, de todos, en cualquiera de mis argumentos y frases y palabras y puntuaciones, algún buen crítico espabilado, encontrará algo. A fin de cuentas, todo aquel que escribe, ¿no se alimenta de todo lo que otros han escrito antes?


Va por ellos, por todos, y salga lo que Dios quiera.


Por si se me he ofuscado o perdido, querida gente y gentiles lectores, les recuerdo el título del dichoso relato o cuento que pretendo endilgarles, claro que siempre con su amable predisposición. Quiero titularlo así: “OIGA, DOCTORCITO”.


Pues allá voy con ello, no más.


00- Ojo, que comienzo –00










Fotografía de Abril 2011
(Si la vida tuviera esta imagen no sentiría yo tanto frío interior.
-Bien es cierto que mis semillas de hace ya tantos años, aún tenían CALOR-)



Anselmo tiene ya que muy bien cumplidos los 76 años –tacos, dicen sus nietos-. Elvira, su compañera, mujer, esposa por la Iglesia y madre de sus hijos, murió hace tres años. Más que pena, qué le vamos a hacer, sintió algo de rabia pues él siempre había previsto “largarse” antes que ella y de ese modo evitarse problemas, materiales y anímicos. Pero bueno, el hombre propone y no sé quién decide (hay muchos que dicen que Dios, como si este Ente no tuviera otra faena).



Anselmo, desde que su mujer lo hizo viudo, había desembridado su lengua. Es decir, todo ese lenguaje censurado, constreñido por deferencia (no sé si amor) a su muy querida (cariñosamente) esposa legal, se había desbocado desde el mismo día siguiente al de la incineración del cadáver de Elvira.


En vida de ella, y en los comienzos de su muy larga convivencia, a Anselmo le saltaban sueltos y díscolos los tacos. Era lo que se dice un tanto mal hablado. Desde el noviazgo ya comenzó Elvira su labor educativa sobre la lengua sucia de su Anselmo. Y sí, lo consiguió casi al cien por cien. Pero lo que corre por la sangre, por fuerza en algún momento revienta, y todavía ya rebasados los 50 y los 60 años algún estridente palabro brincaba de la boca de Anselmo. Y ella, de inmediato: ¡Por Dios, Anselmo, ¿es que todavía a tu edad tendré que limpiarte la boca con estropajo?!


(Ha sido un pequeño apunte sobre la personalidad de ambos componentes de la pareja, tan común a otras miles y miles de ellas en nuestra España y parte del extranjero.)


Impenitente e impertinente rebelde en su trabajo, llegó, cosa rara con tal carácter, a la prejubilación aún en activo. Ya libre del currelo, se acentuaron en él el mal genio de siempre, su persistente escepticismo sobre la vida, sus agrias frases sobre lo absurdo e incomprensible –para cualquier pensante mínimamente racional, decía él- de eso de nacerlo a uno a capricho -¡ojalá fuese siempre así: a capricho!- de los vivientes y que te mueran en contra de todos –o casi todos- los deseos de los humanos de los que has conseguido rodearte en la vida y a los que, mira tú, va y has logrado caerles bien y han acabado queriéndote, o apreciándote, o teniéndote cierta estima, lo que sea de apego, y sobre todos esos deseos ignorados, el principal: el tuyo. Nadie te consulta, nadie ni nada: Qué, ¿te “morimos” ya? ¡Manda cojones!, pensaba Anselmo. Y eso –seguía trabajando su cerebro- cuando te dejan vivir algo, porque hay tantos, tantísimos que sólo los nacen para sufrir muchísimo y en poquísimo tiempo diñarla, bah, esto es una mierda sin remedio y sin sentido, concluía Anselmo cerrando esa parte de sus meninges y abriendo la puerta de la evasión con el libro de turno.



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No falla, las cinco o cinco y media, seguro, se comenta a sí mismo, cabreado, Anselmo al notar esa presión, esas acuciantes ganas de ir al “meadero”. La próstata de los cojones, piensa como todas las madrugadas desde hace ya bastantes años, para de inmediato, en tanto levanta y aparta la cobija, seguir con tono severo hablándose a sí mismo: Vaya frase imbécil, coño, ¿dónde va a estar la puñetera próstata, en los pies?. Lo sacude un ligero temblor; acaba de estrenarse el otoño y su casa de siempre (le gustó tanto el pisito a Elvirita, anda que...), está orientada al Norte. Su edad no está para estos traicioneros “fresquitos” de un día para otro. Se tira por los hombros un albornoz de baño –eso de los batines “de casa” nunca ha ido con él. Ha metido la pata muchas veces en su vida al calificar en algún reducido o grande foro esta práctica de muchos –y, peor, de muchas- de “embatinarse” al llegar a casa, de horterada costumbrista, pero, sobre todo fea, poco elegante. El albornoz de marras, en cuanto se alejan los calores, lo deja todas las noches a los pies de la cama, pero a los pies, ¿eh?, es decir, tirado sobre la alfombra. Llega hasta el váter, se saca su mingamuerta y apunta bien, que luego viene esa señora que sus hijos le han colocado para que lo atienda, lave sus ropas, cuide de la casa y le haga las comiditas, y aunque ella disimule, siempre la oye reguiñar contra la mala puntería del viejo o ese efecto plomada de los pitos de los abuelos que siempre los hacen gotear, al final, delante de la taza, sobre las losas. Se apoya en la pared con una mano y con la otra sostiene la manguera, a ver si hoy la tipa esta no tiene nada que ronronear, cago en ella. Y sigue, en esa posición, esperando la micción y mascullando, ¿tendrá huevos el tema? Hay que levantarse porque te meas encima, llegas aquí y, toma, a esperar a ver cuándo le da la gana de salir el chorro... o chorrito, ¡ay, la leche que mamó esto de la vejez!.


Vuelve a la cama y antes de arrebujarse bajo sábana y manta y retomar la posición que más le acomoda –la fetal-, lo sacude otro escalofrío... No vayamos jodiendo, que a medida que pasan los años me puedo permitir menos eso de constiparme o acatarrarme o coger la gripe esa tan maricona que cada año se lleva a un montón de viejos, porque lo que está claro es que a mí no me convence Don Carlos, ¡no me da la gana el vacunarme! Y hoy la volveré a tener con él, que si vacuna sí que si vacuna no, ¡leche, tantos años como me conoce... ¡ Cierra los ojos con fuerza, como intentanto llamar de nuevo al sueño, aunque sea un poquito, rediez, que es muy pronto todavía. En la frontera del duermevela, casi entrando en la casa de Morfeo pero aún sintiendo el airecillo de afuera en el umbral, nota un cosquilleo por los bajos que, vagamente, le recuerda aquello que hace... ¿cuántos años? se llamaba erección. Incrédulo total, pero con desmesurada y esperanzada ilusión, se palpa. Tal vez algún vecino puede haber escuchado su voz estruendosa en el silencio de la madrugada emitiendo pagana jaculatoria: ¡Dios, qué imbécil viejo chocho estás hecho, Anselmo! Luego, ya casi en el desmayo del sueño, oye al impertinente ese del que nadie se puede librar (conciencia lo llaman) que, como dándole una colleja, le espeta entre los parietales: Te aguantas, si no hubieras sido tan calentorro...


El reloj despertador de la mesilla de noche, con sus toques de fluorescencia, marca las siete y media de la mañana (o sea, casi de la madrugada para los “bien vivientes”). A Anselmo se le despegan los párpados y queda rezongando lo de todos los días, de hace muchos meses y bastantes años: Nada, no hay nada que hacer, ésta es la hora en que por narices me tengo que levantar. La cama me tira. La espalda, pero sobre todo las lumbares me maltratan cosa mala de dolor. Qué bordes, en cuanto me pongo vertical y me encamino a la ducha, comienza a pasarse el dolor.


Con el albornoz puesto sobre el pijama entra en el cuarto de baño, contiguo al dormitorio, estancia que, ya ni se acuerda, fue en un tiempo cálida con el ambiente templado de un amor pujante, amor enamorado todavía, y que poco a poco fue cambiando, derivando, como rebajando la denominación de tal estancia, que en tanto su decoración y mobiliario se iban renovando no había forma de frenar el enrarecimiento del aire que allí se iba respirando, “dormitorio principal”, “dormitorio conyugal” “nuestra habitación”, “el dormitorio”. Pero él, que siempre ha perseguido tiempos cortos y largos, de minutos, horas o días de soledad (lo ha considerado siempre necesario para todo ser humano), también ha odiado siempre la soledad no deseada, la impuesta. Y da igual el aburrimiento rancio, oxidado que aireaba “el dormitorio” en vida de Elvira. No puede evitar echarla en falta, el calor que el cuerpo arrugado de ella prestaba a las sábanas, tan frías hoy, las trifulcas de apaga ya de una vez la luz, cada vez roncas más, oye, la tristeza de ver y verse la degeneración infame con que la vejez machaca a los cuerpos... Desde que ella murió, una mezcla de ira, cariñosa nostalgia y unos gramos de añoranza egoista se le instala por unos segundos en su mente, agriando su gesto, tanto al acostarse como al levantarse, todo para en cada uno de estos dos diarios actos, terminar rumiando su, últimamente, maldición preferida: ¡Ay, la leche que mamó esto de la vejez!


Vuelve a orinar. Ahora olvida la acción con la que muchos días se defiende de la boliviana o ecuatoriana o colombiana esa que viene: No limpia ni de los bordes de la taza ni del suelo las jodidas últimas gotas, o las primeras, porque eso del chorro firme ya es prehistoria y muchas veces tal parece una regadera con, encima, no todos los agujeritos uniformes. No, hoy no recuerda limpiar las huellas líquidas con un trozo de papel higiénico. Sale y llega hasta la cocina medio arrastrando los pies, con las zapatillas calzadas en chancleta. A ver, el potaje de pastillas. En uno de los armarios altos, en el primer estante, las tiene todas, todas las que durante el día debe tomar en cada momento, y por orden (siempre ha sido un poco maniático del orden, asunto en el que chocaba a menudo con Elvira y que, en sus tiempos, fue uno de tantos puntos que le ayudó a ir desmontando los tópicos típicos atribuidos a la condición femenina: “...a los hombres es que siempre les hace falta una mujer, porque es que son un completo desastre...”) A partir de la muerte de la esposa, un mes o dos después, Anselmo se dio cuenta de que de ser silencioso y callado, se sorprendía continuamente hablando solo. Tal vez, pensó, sea esto una defensa inconsciente contra ésta tan muda soledad que me ha caído encima. Es el caso que hoy, como todos los días, nada más comenzar a trajinar con las pastillas no se le oye murmurar sino hablar en toda regla: La primera, ésta tan bonita roja y blanca, protección del estómago... un poco de agua y... para adentro. Sigamos, la de la tensión, tiene narices, toda mi vida con la tensión baja, cojonuda me decía don Carlos, y de pronto... lo que no sé es para qué sigo con el mismo cuento, coño, si ya hace lo menos quince años que las tomo, menos mal que voy manteniendo la dosis, claro que a base de... bah; aquí, ésta aquí, para luego; ahora, a su lado, en igual espera, la del ánimo, antes era el famoso Prozac, ahora con la leche esa de los genéricos... ¿A ver, dónde mierda está la otra para el colesterol? Cagonlá, ya ha limpiado la chiquita esta por aquí y me las ha movido... ah, ya la tengo, no sé por qué pijo no las puede dejar, después de limpiar, tal como estaban ...


Deja el batallón de pastillas en formación de a uno, saca un yogur de la nevera (para que no esté tan frío), desnatado, y lo deposita junto a la hilera de medicamentos. Se vuelve a dirigir, con el mismo arrastre de pies, al cuarto de baño. Le da la espalda al inodoro, se levanta el albornoz, se baja el pantalón del pijama y emboca su culo en el hueco de la taza. Nota un pellizco en sus escuchimizadas nalgas: Cago en la leche, está saltando este plastificado esmaltado y no sé dónde coño podré encontrar... Bah, si es que cada vez fabrican peor. Cierta leve congestión en el rostro: fuerza, empeño, músculos del intestino en pleno esfuerzo. Plaf, se oye. Anselmo sigue sentado, con los pantalones del pijama por los tobillos, los codos sobre ambas rodillas y descansando sobre ambas palmas de sus manos, abiertas, su cabeza con expresión de circunstancias en su rostro. Hoy le viene a la cabeza, al mirar la puerta abierta del aseo, el recuerdo de Elvira, con su andar nervioso, yendo del dormitorio a la cocina, y viceversa, arreglando cosas y preparando el desayuno a la vez; jamás, en toda su vida conyugal, como él dice, lo ha visto cagar Elvira. Una cosa es orinar, estás de pie –se defendía él ante ataques irónicos sobre su pudor fuera de lugar, según la gente, en una tan larga convivencia con mujer que conlleva el inmenso amontonamiento de confianza-, mantienes el orgullo de tu verticalidad y estás de espaldas, no se muestra abiertamente una de las funciones vergonzosas que nos recuerdan continuamente la miserabilidad del humano, pero ¿el defecar, el cagar con público...? ¡Por favor! La postura, el gesto, no sé, ¡es tan humillante aun estando solo! No, hay actos que, aunque sea por pura estima, por elegancia, por educación... ¡por lo bajo y ridículo que te muestras! que merecen ser ocultados a la vista de quien sea, más cuando es la persona con quien vives y convives... Y, si hay suerte, va y de vez en cuando, te visita lo erótico y hasta follas. Al final, no lo podía remediar, estropeaba lo limpio de su planteamiento: Tú imaginate que estás a estallar, a punto de pegar un polvete con tu mujer y te viene a la mente la imagen de esa mañana en que la has visto, congestionada la cara, sentada en el váter, cagando... ¡No jodas, hombre, es que se te arruga para varios días! Mira, ¿sabes? no hay mejor antídoto para esos revolcones que te dan los riñones cuando ves en una película o en la tele a alguna actriz o tiorra más que buenísima en bolas o con muy escasa vestimenta, que imaginártela cagando.. ¡¿O no?! Es decir, que ahora, en esta terrible soledad, tan miserable, del que de buena mañana debe vaciar su cuerpo de toda la carroña sobrante del día anterior, con motivo tan rematadamente vulgar, vuelve a echar de menos a su Elvira, todo, piensa Anselmo, veas tú, por estar soltando el cuerpo con la puerta abierta.


Primero abre el monomando de la ducha para, en tanto pasa el tiempo en que acude el agua caliente a brotar por la alcachofa , él se va despojando del pijama. Maldita la hora –piensa Anselmo- en que a Elvira, su Elvirita, en la última reforma se le ocurrió instalar ese espejo tan descomunal, monstruoso, exagerado... ¡Dios, todos los días condenado a esa humillación de ver cómo avanza sin remedio tu decrepitud, tu inevitable cercanía a la finitud...! Todo valdría –no se cansa de meditar diariamente Anselmo- si tu adiós, tu extinción viniera a producirse en plenitud física y anímica, pero, bah –también epílogo diario y amargo, acaba su filosofar barato- esto es así, y te jodes, Anselmo, eso que ves en el espejo, quieras o no, eres tú o, je, je, cagüenlá, lo que va quedando de ti...Anda va, métete en la ducha y deja de “masoquizarte”.


En aquella reforma –la del espejo insultante-, menos mal que Anselmo se empeñó y razonó y discutió con su Elvirita para quitar la enorme y decimonónica bañera y habilitar una amplia ducha de plato en su sitio, muy ancha, con varios surtidores de agua por las paredes, enlosada con –según decía él- esos ladrillitos tan pequeñajos- y con varios estantes para geles y champús en los muros y algún agarradero que otro también (él, a espaldas de ella, le dijo al encargado de la obra de reforma, que pusiera “esas cosas”, de cara a su mujer, como adornos, pero le confesó que “oiga, mirusté, ya estamos en edad de agarrarnos a dónde podamos antes de darnos el leñazo padre y que la cadera se nos vaya a tomar por culo, ¿vale?” El contratista lo entendió perfectamente y apañó en las paredes unos posamanos/agarraderos la mar de monos).


Total que una vez abierta la mampara entra con toda comodidad y sin esfuerzo alguno en la ducha. Como desde afuera ya le había dado antes al monomando, ya vomita agua a la temperatura que a él le gusta. No es Anselmo ningún estrafalario en eso de ducharse, luego no vale la pena ahora describir ése su aseo diario... Bueno, si acaso, cabe destacar que pone especial dedicación en la limpiza de la poca cabellera que le queda, blanca pero, ¡coño, no “plateada”!, piensa él; un fallo, leche, sigue pensando.


Hoy le toca afeitarse. Con tanta arruga en la cara, sobre todo en las comisuras de los labios, lados de la nariz y mentón, se rasura día sí día no. Así no se hiere tanto, que los días de afeitado, cuando acaba y se limpia antes de la loción del masaje, tiene más rayas rojas sangrantes en el rostro que si hubiera pasado por un ritual indio (los del oeste americano, ¿se me entiende?) o hubiera sido interrogado por algún gordo “capone” de aquella famosa ley seca de los nacionalistas estados esos de América del Norte, sí, esos que están “unidos” y que a la primera de cambio te ciegan con su bandera, llena de estrellas y rayas,. sobre la cara. Al entregarse al penúltimo examen ante el espejo, no puede evitar el disgusto, y consiguiente cabreo, diario –que ya debería haber remitido, incluso desaparecido, de tan gastado-: ¡Cagon la leche, puta manía esta de la vejez de empezar a llenarte narices y orejas de pelos, matas asquerosas que hay que podar casi diariamente...! En fin, de una vez sale del cuarto de baño casi hecho un pincel –viejo y gastado, pero pincel- y al poco rato ya aparece, desde su dormitorio, completamente vestido (sigue manteniendo el gusto por una apariencia informal, ¿deportiva?. No sé). Se enfunda dentro de un pantalón de pana verde, calza zapatos marrones de suela gorda y de goma, un jersey color manzana “golden” por cuyo cuello de pico asoma una camisa, abierta en su último botón, de un color beis muy oscuro jaspeado de un inapreciable moteado negro.



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Aunque debiera ser más humilde en su mostrarse, en fin, más de acuerdo con sus años, no le da la gana. No lleva bastón (“aunque sea casi de adorno, hombre”, le había dicho don Carlos después del costalazo que se pegó en un día lluvioso y de aceras resbaladizas que casi lo convierten en uno de tantos viejos con la cadera quebrada). No. Él prefiere caminar despacito, pero muy erguido, con una mano en el bolsillo del pantalón, levantando desafiante el faldón de la chaqueta, y la otra mano bamboleándose de alante hacia atrás de forma indolente. Gafas de sol que no falten (sí, ya, graduadas como las otras, pero gafas de sol. Hace unos meses el nieto más mayor le dijo: “cagüen, abuelo, gafas de sol ¿armani?” “¿Te molesta, nieto?”, contestó Anselmo manteniendo su mirada al frente). Las claras, las “de ver”, que dice él, y las de leer, las lleva bien distribuidas en sus fundas entre bolsillos de pantalón y chaqueta para que no abuelten y afeen la estética de su apostura (Sí, así es nuestro Anselmo, ¿y qué?).


Hoy ha desayunado especialmente bien. Aparte del yogur, en lugar de dos tostaditas de nada de pan con unas gotitas de aceite (¡Ojo, Anselmo, no –le había prescrito don Carlos-, ¡unas gotitas y apenas sal, eh!, ah, y oliva virgen, ¿está claro?, mira que vamos bordeando el límite del colesterol...), pues hoy no. Cosa rara pero se ha levantado con ese humor que de tarde en tarde lo despertaba: Más vital, optimismo, sonrisa tonta, de esa que no consigues averiguar su motivo... En definitiva, con el pequeño zumo de naranja recién exprimida, con el que engulle el resto del batallón de pastillas mañanero, y antes del yogur, ha sacado de la nevera una punta de jamón del bueno (“de bellota, papá”, le había dicho el hijo con el que más se entiende, que acababa de regresar de un viaje de trabajo por tierras charras o extremeñas, no recuerda, y había seguido: “toma, escóndelo, que no lo vea tu hija, alias la hermana superiora; ¡este manjar no puede dar colesterol ni leches en vinagre!, ¡es pura bellota, papá!” Mientras lo escondía en los fondos traseros de la nevera, Anselmo, sin mirar a su hijo, le había comentado: “tío, como vosotros decís, de los cuadros que tengo, elige el que más te guste, ¡adjudicado!”), y de ese cacho de jamón, aceitoso, jugoso y con sus venas y lados de tocino blanquísimas con querencia hacia el rosado, por ya la poca finura de su pulso, se ha cortado dos tajadas de categoría que luego ha dejado caer sobre esas rebanadillas de pan tostado con unas “muestras” de aceite. Todavía va relamiéndose camino del quiosco para comprar la prensa del día.


En el local de siempre, posiblemente estarán hasta el moño de este don Anselmo. Y bien es cierto que así lo ha pensado él alguna vez, pero qué cojones, él consumía, y si les parece poco, leche, que se lo digan y no volverá; a fin de cuentas lo único que ganarán (¡vaya contradicción narrativa!) es “perder” un cliente diario y fiel. Está tomando lo de todos los días a la luz hoy de un sol medio enfermo, tamizado por nubes flojuchas, como neblina alta que, precisamente, causa esa timidez al sol, una infusión de manzanilla, tocada -¡ojo, eh, sólo tocada!- con unas gotas de anís. (Este bar es su preferido por estar orientado al sur -ciudad en costa mediterránea, hay que aclarar, en la que vive nuestro Anselmo-). La prensa no le dice nada nuevo hoy. Lo de siempre, que Anselmo traduce como “vergüenza humana”, del comportamiento de la especie a la que él pertenece. Sin embargo hoy las noticias de las últimas páginas le han dejado un estimulante sabor: Por fin, Javier Marías va a lanzar al mercado el, al parecer, tercer y último tomo de su trilogía Tu rostro mañana. Ya tiene una ilusión para el día: El averiguar si ya está en su librería, cuándo lo recibirán...



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Con su moderado caminar y, mira tú qué cosa (con Elvirita no aguantaba esto de los escaparates, broncas nerviosas continuas), deteniéndose a contemplar el contenido de exposición acristalada a la calle de cualquier comercio, su vuelta a casa, lógico, le lleva un considerable tiempo que, por otra parte, él no tiene en otra cosa que ocupar. A veces, acaba de examinar a fondo una exposición de artículos tras un cristal blindado y si le preguntáramos, seguro, qué le ha gustado más, no sabría ni lo que ha visto. Lo que lo tienta, lo frena y lo llama de estas muestras callejeras, es la estética, el colorido... ¡la alegría que un escaparate intenta venderte! Lo intenta, cosa diferente es que lo consiga.


Llega a casa muy poco antes de que la mucama, sirvienta, criada por horas o lo que sea, acabe su trabajo y lo deje solo (según Anselmo, “poco antes de que ésta se largue de una vez.”). Se cruza con ella por cualquier parte de la casa y, eso sí, educado de siempre, le suelta un “hola, buenos días, Paloma” (En algún momento, la suramericana se hartará y le dirá: “Ta bueno ya, ¿no, pues? Me llamo Secundina, si a usted no lo incomoda mucho”). Anselmo se enclaustra en su minúscula habitación soleada, decorada con un abigarramiento total, es decir, sin orden ni concierto, barroco hasta el exceso, en la que ha metido o colgado, le vaya o no, decore o no, esté feo o bello, cualquier cosa, una al lado de la otra (diríamos: como mezclar mierda con miel), todo aquello que le gusta, le ha gustado o en su vida ha significado algo o, en su puto presente, puede ayudarle a, siquiera, sonreír recordando. Se pone cómodo y se retrepa en ese viejísimo sillón orejero al que le da el sol de pleno por detrás. Tiene que bajar algo el estor, casi siempre. Abre el libro. “Cagonlá, ¿mira que no saber yo nada de este franchute?” (El volúmen es de Pierre Michon, y, a pesar de la traducción –cosa que siempre ha odiado en literatura- le parece que el tipo Michon, con la, esta vez, excelente traducción que estima él, es genial, que practica esa literatura escueta que en un alarde de virtuosismo envidiable, a pesar de esa economía aparente del lenguaje, consigue una prosa poética que, en coloquios informales, siempre ha proclamado Anselmo ante amigos o conocidos: “Literalmente, nunca mejor dicho, te hace mearte de gusto”). No virtual, sino realmente, Anselmo cae por entero dentro del libro que sostiene abierto entre sus manos, se escapa a otro mundo, al maravilloso universo de las letras... Si nos fijamos con ojos muy prosaicos, vemos a Anselmo, hundido en su viejo sillón de lectura aislado, enfrascado totalmente, absorbido por lo que del libro entra por sus ojos y le va llenando cada rincón de sus viejos sentires. Si lo miramos con cariño, con los ojos de una dualidad humana bien fundida, no lo veremos, físicamente; en ese sillón tan amigable habrá como un fantasma, un aura, una presencia imposible de agarrar... El hombre Anselmo, el viejo Anselmo, nuestro malhablado y cascarrabias Anselmo andará volando, flotando por el mejor de los espacios de todos sus días, de los días que le queden, un ámbito blando y acogedor, sumamente acogedor, ingrávido entre cientos de ingrávidos grafismos, dibujos que sólo su amor consigue configurar como letras, frases, oraciones... Una droga de la que no le importa, si se quiere, sus consecuencias (evadirse, irse, apartarse u olvidarse de todo y de todos, ignorarlo todo salvo ese mundo nuevo que o surge de las páginas del libro o en el que él ha caído, ha sido atrapado), pero es un tónico, un asidero del que nunca ha podido, ni puede ni podrá prescindir, lo embriaga tan dulcemente, lo salva de manera tan eficaz, con tal contundencia nutre su alma... Lo devuelve a este mundo tan asquerosamente real la voz de como se llame: “¡Señor, ¿usted no necesita no más nada?! Hasta mañana, pues. Escúcheme, don Selmo, no se me olvide, usted me mete, como siempre, unos minutitos la sopa en el microndas; luego, pues si quiere, se me calienta también el pescadito, ¿ta bien?” Anselmo, levantando la vista del libro, mira hacia la puerta de su habitáculo. Por el tono de su voz no podemos saber si la que se despide lo oye o no, pero bueno, él como que contesta: “Hala, adiós, hija, ¡ay, te meto, te meto...! ¡Y qué pescadito me voy calentando! Anda ya, mujer, hasta mañana.”.


No más de media hora después, el viejo Anselmo deja el libro, abandona su sillón enamorado y se encamina hacia la cocina. Va pensando que “la tipa esta cocina bien, pero, leches, algún día podía dejarme preparado un buen plato de frijoles fritos con arroz y plátano con su buen cacho de carne de la buena, que, creo, con variantes inapreciables, es plato extendido por sus calientes tierras, o algunas fajitas de esas mexicanas, o... ¡coño, no sé, un simple pollo frito al estilo chicano! Si es que los hijos, ay, llega un momento, en que en vez de buscar la máxima felicidad para los últimos días de sus padres, va y les da por buscar su “bien”... Ya se enterarán cuando sean viejos de esa inapreciable diferencia... ¿No será el mayor bien del que anda por el tramo final de su camino que el gozar de los mayores y mejores placeres hasta que aparezca esa puta meta? ¡Pues no, coño, que no lo entienden! ¿Creerán que lo que voy a hacer es comer? Un caldito de mierda con unas pastas flotando, un filete de pescado –no sé de cuál, de esos congelados del súper, de innombrable nombre y capturado en aguas de país remotísimo- asado, sin apenas aceite ni sal y, para el colmo de los colmos, servido tipo plato de guiris en chiringuito de costa de sol, mar, tetas, tangas y cachas chulos o maricones: el filete, con algún doradito de la plancha, para no semar con tanto blanco, acompañado de medio tomate de ensalada con, ¡lo juro, leche!, una gotita de aceite, eso sí de aceite de oro, puro virgen de oliva, si no, la mato, unas cuantas miserables láminas arrugadas de lechuga ni verdes ni amarillas, o sea, perdida su color, y unos tres o cuatro espárragos de esos de bote de cristal del súper, pequeños o medianejos y, sobre todo, insípidos. ¡Ni un miserable tropiezo de patata frita! ¿De postre? ¿Y quién tiene ganas de postre con tan poco estimulante yantar? No me han dejado siquiera en la nevera ningún miserable trozo de ese queso manchego tan duro y curado con el que, después de un bocado mesurado, me colaba un sorbo de alguno de los buenos reservas tintorros españoles que todavía me quedan y no me han “confiscado.” Él, nuestro Anselmo, de postre engulle dos pastillas más de su dosis diaria y que a veces confunde no acordándose si éstas son de la artritis -¿o artrosis? Nunca ha conseguido don Carlos aclararle la diferencia... Bueno, el doctor sí, el que no ha llegado a entenderla es él- o de un refuerzo en la toma diaria contra el colesterol... ¿o la urea? ¿o la prostatitis? ¿o la carencia de calcio? o... ¡contra la leche que mamó esto de la vejez!



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Un brusco troncharse de la cabeza, como un decidido y fuerte negar a medias, lo hace despabilarse frente al televisor que ya está dando la previsión del tiempo. Deja pasar un ratito, el suficiente para digerir y llevar a la mejor normalidad posible el estado pésimo de ánimo con que se medio despierta de esa tímida medio siesta después de ese medio tumbado con que acaba todos los días en el sofá durante la emisión de cualquier telediario de las tres de la tarde. No hay forma de que consiga ver y oir bien despierto nunca ninguno de ellos. El brinco de ese medio despertar lo sacude cuando uno o una está ya hablando y señalando en unos mapas, la mar de digitalizados, de borrascas, anticiclones y temperaturas. Pero Anselmo ya no lucha contra ello. La única solución la tendría si cambiara su costumbre de encender antes de hora el televisor, pero, se dice y proclama, “no le da la real gana, que no le sale, que cambien ellos, coño, que se den cuenta de una puta vez de esas mierdas apestosas de programas que emiten casi todas las cadenas inmediatamente antes de las noticias; marujeo, cotilleo indecente sobre privacidades ajenas... ¡vergüenza nacional”, concluye siempre nuestro Anselmo, para sí mismo o para quien lo quiera oir. En fin, es el caso, que el muy cabezón tiene que conectar el televisor cuando él quiere, cuando a él le conviene... ¡cuando es su momento! Porque para evitarse toda esa porquería de programas, como él termina su comida hacia eso de las dos y media de la tarde, más o menos, al ir a sentarse en el sofá a reposar eso que ha comido que le dicen que es comida en lugar de ranchito hospitalario de enfermo aunque no terminal si camino de “esa terminal”, debería, por veinte o quince minutos, con el mando del aparato en su regazo, esperar; pero al esperar pensaría, divagaría, recordaría, reflexionaría, recordaría, pensaría, recordaría, recordaría, recordaría, con la pantalla en negro hasta que llegara la hora del dichoso telediario. Pero no, Anselmo se dice que ya tiene bastante dosis de melancolía encima, bastantes vacíos al día que, cabronamente, en lugar de mantenerse vacíos, se llenan, se atiborran de vida pasada, buena y mala, toda, y ese borde pasado que lo posee y lo oprime, apenas si deja resquicio a futuros medianamente felices... ¡o jodidos!, pero futuros. Y es que el subconsciente, el espíritu, el alma, allá cada cuál como quiera llamarlo, manda en nuestra voluntad, ya tan ajada, en estos o similares momentos, y nos toma, nos viola, nos fuerza a esas nostalgia y melancolía, esa tristeza maloliente que aporta el conformismo, el asumirnos y asumir cómo somos, cómo estamos... ¡dónde y en qué tiempo estamos! En definitiva, creo que se habrá comprobado que lo que pretendo transmitirles es que Anselmo repudia esos “tiempos muertos” en los que su masa gris, sus neuronas, meninges o lo que sea, en lugar de echarse a descansar, les da por una actividad impropia y, desde luego, totalmente inoportuna. No. Anselmo siempre desea ocupar su mente con cualquier pensar para cortar el paso a esos vacíos, que ya de por sí, por el propio desarrollo de su cotidiano vivir, desde un sueño nocturno al siguiente, ésas que a veces, en tiempos lozanos, nos han parecido 24 horas tan cortas, ahora, tan cerca del no ser, tienen la demoledora cualidad de, aun siguiendo pareciéndonos más cortas que nunca, esconden tramos de una vacuidad de lentitud exasperante, espacio que, con muy mal estilo y peor comportamiento, aprovechan siempre el dolor y el llanto, anímicos o físicos, para invadirnos.


O sea, que ha quedado claro, creo, que lo que quiere Anselmo, nada más sentarse en el sofá después del almuerzo, es entretener sus viejas neuronas, evitarles la inactividad asumiendo colores, frases, acontecimientos, lo que sea que esa pantalla que dicen de solazamiento nos suelte. La mala suerte de Anselmo es que ha llegado a los 76 años con un tipo de formación, educación y aficiones que no puede, ni podrá jamás, ver y oir y tragar lo que esos programas llenos de carroña o estupideces mastodónticas emiten por las famosas 625 líneas o la modernísima y avanzadísima TDT. Claro, comienza por bajar el tono y desviar la mirada hacia las cortinas del balcón. Aún con la voz bajísima se le cuelan en el cerebro barbaridades y tonterías inmedibles... Termina bajando el sonido hasta, prácticamente, la mudez. Esos minutos de espera, silencioso el ambiente del salón, con tan sólo figuras, figurines, colores y colorines, escenas estrafalarias de montones de periodistas gráficos persiguiendo a alguien que Anselmo casi nunca sabe quién es, acaban por ir despidiéndolo, entornándole los párpados... Lógico, cuando brinca, la tele ya está dando el tiempo, el final del telediario. Pero Anselmo se consuela: Bueno, por la noche, como tienen otros horarios...



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Ha salido temprano de casa. La consulta de don Carlos está cerca. Pero si no quiere pasarse horas y horas de espera en una sala a reventar de parloteo y confidencias incomprensibles sobre enfermedades íntimas, operaciones quirúrgicas espantosas, consultas y recomendaciones de fármacos de unos o unas a otros y otras, de un ambiente y ronroneo, por su estridencia y forma, que le resulta sumamente incómodo y desasosegante, Anselmo procura ir pronto, aunque deba esperar media hora o más a que don Carlos salga y diga su “buenas tardes, que pase el primero”.


El tal doctor Don Carlos es un galeno de los “de especie en extinción”. Médico de medicina general (como Anselmo, de cuando joven, supo que se llamaban los que practicaban esa especialidad), luego fueron médicos de cabecera, y ahora, todavía no le ha aclarado nadie la razón exacta o científica a Anselmo, hay que llamarlos médicos de familia. En fin, historias típicas de Anselmo aparte, lo principal de don Carlos es la grandeza que transmite al ejercer su vocación y profesión de médico, a lo que hay que sumar un enorme conocimiento de lo que se llama medicina interna –o sea, casi lo toca todo y de todo sabe-, lo que ha venido en llamarse ojo clínico, un consumado dominio de la farmacopea y, por sobre todas las cosas, la calidad humana, tremendamente humana, comprensiva, tranquila y cordial de atención a sus pacientes. Aparte de su consulta de tardes, don Carlos tiene un cargo de jefe de departamento de nunca ha sabido bien Anselmo qué unidad en uno de los grandes hospitales de la ciudad, por las mañanas. Se podrían echar más flores a don Carlos, pero lo dicho sirve de punto de partida y comprensión para lo que a Anselmo más le molesta de sus visitas periódicas a “su” médico: Llenos hasta las banderas en sus salas de espera. El que lo visitó una vez, ya para siempre lo nombra “su” médico. Claro que –otra cosa que a Anselmo le revienta- es que estos llenazos lo sean en una gran, o total, mayoría de gentes maduras que caminan hacia la vejez o purititos viejos, como él. Anselmo se dice que, claro, los nervios y prisas de la juventud no soportan estas cosas, además que eso, en la juventud, pocas veces se está jodido de verdad. Una de las particularidades que más le chocan a Anselmo y que, por otra parte, siempre le confirman la altura personal y profesional de este hombre, don Carlos, vocación pura de la medicina, es que en el guirigay de las conversaciones que entretienen la espera de los enfermos, en cualquier momento salta, por parte de quien sea, el presumir de tantísimos años que conoce a don Carlos y por él se mantiene. Entonces comienza como un concurso por ver quién hace más años que “se visita” con don Carlos, incluso quién conoce más a su familia y sabe al dedillo los nombres de sus hijos y nietos. Y el verdadero estruendo del gallinero se produce en cuanto algún incauto confiesa que él es de “primera visita” porque le han nombrado mucho y recomendado al tal don Carlos. ¡Dios, la que le cae al novato! Y cómo se disparan más de la cuenta los nervios silenciosos y educados de Anselmo a quien los demás de la sala de vez en cuando miran como a un extraño, o extraterrestre, un tipo tieso y “aislado” ahí, en su silla, que en tres cuartos de hora no ha soltado ni pum. Bueno, concluyamos que Anselmo, por si no se había ya deducido, ahora se expone, es de poca sociabilidad y de mucha menos extroversión inmediata en cualquier acumulación de personas. No más apuntemos que Anselmo lleva más de treinta años de trato médico con don Carlos, con un envoltorio de casi amistad que, envarados y en exceso, tal vez, educados los dos, aún, a pesar de tantos años, no ha explotado abiertamente. Y por fin hay que decir que a Anselmo, egoista como todo viejo o niño, en palabras suyas, lo que más le jode es que el Carlitos también es viejo –aunque no tanto como él-, y como se le ocurra morir antes que él y lo deje tirado...


La señora bajita, más ancha que alta, que iba delante de él sale del despacho de don Carlos. Anselmo se levanta y marcha hacia allá. Al cruzarse con la señora bajita se alarma hasta casi pararse al escuchar la frase algo cabreada que le manda la susodicha: “Pase, pase, pero hoy no visita don Carlos, eh. Está su sobrino”. No puede ya volverse atrás. Sonriente y esperándolo en la puerta del despacho está plantado el tal sobrino. ¡Cago en los godos! Ahora, como mínimo, me tendré que tomar la tensión... ¡Pero yo no venía por eso, mierda!


Después de estrechar la mano lánguida que le ha ofrecido el sobrino, Anselmo se encuentra sentado, mesa de por medio, ante un tipo que él cree que sonríe demasiado y que le encantaría saber de qué le viene tanto contento; de tez morena, luce un leve tostado de sol en los pómulos de su rostro delgado, largo, afilado, a lo Greco. Éste debe tener “su club” en el que jugará una o tres partiditas de tenis a la semana, antes de comer, bueno no, que ahora al ser europeos aquí ya no comemos, almorzamos; el iris de sus ojos, aunque no llega, tira hacia el verde, pero su mirada no le dice nada a Anselmo, es como inexpresiva; y por fin, lo que menos le gusta del resultado del examen que ha practicado al sobrino es su pelo, excesivamente largo y con rizos en la nuca, no, no le gusta nada ese pelo; tampoco, con esa cara tan normal, como fabricada a troquel, consigue Anselmo hacer un cálculo lo más certero posible sobre la edad del sobrino sustituto de don Carlos, anda totalmente perdido, tal le parece que el sujeto igual puede andar por los 25 que por los 35, ¿quizá ya 40? Bah, concluye, en cualquier caso, joven. Y yo no me llevo nada bien con estos jóvenes profesionales por mucho que nos metieron con calzador aquel lema, ¿cómo era?, ah, sí, algo así como “jóvenes aunque suficientemente preparados” (los “jasp”, los llamaban).


El primer golpe bajo de confirmación a sus pésimos presentimientos lo recibe en cuanto el divertido sobrino echa sobre la mesa todo lo corporal que de su mitad superior puede y, con los brazos cruzados y siempre al aire sus blancos y bien alineados dientes, le habla:


- Bueno, cuéntame... ¿Cuál es tu nombre? Esta manía de mi tío de no llevar fichas...


Anselmo queda unos momentos ofuscado, como si no hubiera escuchado bien. Encima, el tipo sigue con su campechana sonrisa, su gesto de normalidad y en actitud de espera a la respuesta de Anselmo. Al fin éste se arranca:


- ¿Qué le ocurre a don Carlos? ¿Qué tiene SU tío?


- Bah, nada de particular, una gripe un poco fuerte. Y claro, a ciertas edades ya no puede, ni debe, permitirse uno intentar pasarla de pie. Nada, en dos o tres días, estará aquí sentado para atender a sus queridos pacientes. Pero bueno, a lo que importa, ¿qué te pasa, hombre? Con ese aspecto tan saludable... Ah, aún no me has dicho tu nombre.


Más que contestar, Anselmo ronronea su mal humor, sube el tono y como que se lo lanza a la estúpida sonrisa que sigue reinando en el rostro del dichoso sobrino. Algún catedrático idiota le dio el título a este cúmulo de mala educación en forma de hombre y que dice ser médico, medita Anselmo al mismo tiempo. Decide, de momento, contenerse, comportarse.


- ¿Pasarme? ¿Qué me va a pasar? Lo mismo que a SU tío. Los putos años, la mala leche que mamó esto de la vejez, eso es lo que me pasa. Ah, mi nombre es Anselmo, don Anselmo Sevilla. Y USTED perdone, si acaso, el pecado narcisista de autocolgarme el “don”. De vez en cuando me gusta, qué le voy a hacer, acordarme de que tengo dos títulos universitarios que, aunque antagónicos, me han servido tanto para formarme adecuadamente como para ganarme la vida. Soy Economista y Licenciado en Filosofía y Letras, especialidad filología hispánica. Adivine USTED con cuál pude, al final, ganarme mejor el sustento. También, aunque me joda, hay situaciones que me recuerdan que ya tengo, como dicen mis nietos, 76 tacos.


Observa Anselmo que el tipo sobrino sustituto de su don Carlos ni se ha inmutado, que parece que para él eso de la conversación, el decir y escuchar, sobre todo escuchar, o no existe o no sabe lo que es. Hubiera dado igual, piensa Anselmo, que le hubiera soltado algo así como “mequetrefe de mierda, ande USTED a tomar por detrás y cuando su muy señor tío se recupere, ya volveré”. Sí, ya está convencido, con tan corto trato, que éste es uno de esos fulanos que no ha caído todavía y, lo peor, tal vez jamás se entere, de lo espantoso, ridículo, insultante, absurdo y, sobre todo, analfabeto que resulta en un ser humano andar por la vida arrollando y maltratando con esa seguridad tan sonriente que tan peligrosísima puede resultar.


Sin haber salido todavía de sus últimas reflexiones pero, sobre todo, de ese estado como de atontamiento similar al despertar después de una noche de sueño recetado por exceso de comidas y bebidas y llamado, aun casi en plena digestión, a muy altas horas de la noche, Anselmo, descentrado todavía, como sintiéndose, no sabe bien la razón, en una situación que en absoluto cuadra ni se acomoda a sus neuronas, comienza primero a oir, y poco a poco a escuchar, la voz, ahora se da cuenta, algo gritona del joven médico sobrino de don Carlos y que mira tú por qué mala follá ha tenido que tocarle a él una de esas sustituciones. Ah –se va despabilando Anselmo-, y que parece que a éste le gusta escucharse, que, vamos, que no es de esos que paran o que sueltan la palabra cuando se debe o... Si ustedes lo vieran, ay, nuestro Anselmo muestra una expresión en el rostro de viejo imbécil total en tanto escucha, como alelado, la disertación del docto galeno. Pero aunque es consciente de ello, también, al propio tiempo, se siente incapaz de reaccionar, de recomponerse, de pensar, actuar; se ha quedado como un blandengue muñeco de trapo condenado a tragarse la disertación del tipo médico que cada vez engola más su discurso emparejándolo, aunque parezca discordante, con una entonación algo así como doctoral o paternalista, no sabe bien Anselmo distinguir este punto... Y en esas estamos:


- Es que hay veces, Anselmo –te llamas Anselmo me has dicho, ¿no?-, que merecéis unos azotes bien dados en el culo. Sí, sí. No me mires así. Mi tío, tu don Carlos del alma, también; siempre quejas por la edad, por los años, por la vejez... Pero ¿qué hubiérais querido, no llegar a estos años venerables? ¿No experimentar el ver nueva vida, desarrollo de vida en vuestros nietos; no gozar de sus risas, sus besos, sus miradas limpias? Habéis llegado a esas edades en las que todo se comprende más, se ve más claro, se atesora una sabiduría inmensa que podéis esparcir, como una lluvia bienhechora sobre vuestra familia, aquellos de vuestra manada que se despistan, que se ahogan en charcos de agua, que...


- Mire –parece desperezarse Anselmo- esos que dice usted, lo normal es que nos ignoren, que sí, ¡que nos ignoran, coño! O, en todo caso, si escuchan algo, te dan la espalda, cortándote el rollo, rezongando mientras se van: “¡Joder, con el abuelo; hoy le ha dado bien!”


- No, no y no. No estoy de acuerdo, Anselmo. Siempre, algo les queda... Oye, y por cierto, ¿por qué me hablas de usted?


Esto último que se le ha ocurrido soltar al señor médico sobrino y sustituto de don Carlos, tal parece haber sonado en los adentros de nuestro Anselmo como un tremendo timbrazo de inoportuno –o salvador- despertador. Y ocurre que a medida que cumple años, la lengua de Anselmo no se encomienda ni a dioses ni a diablos para desatarse. Con la mayor tranquilidad, enjundia y hasta prosopeya -mezclar como se quiera-, yergue el busto Anselmo, apoyando la tiesura con los brazos estirados y las palmas de las manos sobre sus rodillas. Anselmo crea uno o dos segundos de tensión una vez tomada la posición descrita al mirarlo fijamente, y fríamente, sin soltar ni pum. Al cabo, dice:


- Pues mire USTED, yo le hablo de USTED porque, aparte de salirme de los huevos, es lo que corresponde entre dos personas con estudios que acaban de conocerse.


- Pero, hombre, Anselmo, no te pongas así...


Con idéntica prosopeya, Anselmo, al tiempo que baja la cabeza como queriendo mirar al suelo, le lanza una de las palmas de la mano en gesto inequívoco de que pare, que lo deje seguir. Inmediatamente levanta su rostro y encara el del, asombrosamente, sonriente y amable que dibuja el del doctor-sobrino-sustituto. Pero no consigue lo pretendido y queda suspendidos sus gesto e intención por la verborrea que de inmediato se apresura a soltar el joven doctor. El gesto de Anselmo, ahora y después de bajar la mano y quedarse mirándolo como a un ser de otro planeta, es de asombro total. Nota cómo se cuela por sus oídos la palabrería del sobrino de don Carlos.


- Sí, insisto, Anselmo, no te enfurruñes. Tenéis que comprender, y sobre todo asumir, que a ciertas edades, los viejetes os volvéis como niños...


Anselmo nota en este preciso momento como una tremenda patada en plena próstata. Tan dolorosa e inesperada que es incapaz de reaccionar y no tiene más remedio que seguir escuchando al imbécil.


- ...claro, es por eso, que hasta con cariño se nos escapa el tuteo. Pero bueno, calma entre los dos. Mi tío, cuando lo sustituyo, sólo me dice: “¡mucho ojo, sobrino, mis pacientes, la mayoría ya amigos, son mi tesoro, mi mejor patrimonio!” No puedo permitir que alguno se me vaya enfadado o descontento. Venga... ¿estás más calmado, Anselmo?. A ver, entremos en faena, como dicen los toreros, qué te pasa, por qué has venido. ¿Quieres que revisemos la tensión? ¿Te toca análisis para colesterol y azúcar? ¿Cómo vas de la próstata?


¡Toma, en el clavo ha dado el sobrinito! Encima que de tal órgano iba el motivo de la visita, después de la sacudida terrible que ha sentido antes... Ya hasta se le ha olvidado el asunto del otoño, el inmediato invierno y la consabida discusión con don Carlos sobre si vacuna sí o vacuna no. En tanto observa al mediquito trajinar con un talonario que debe ser el de las órdenes para el seguro privado de análisis y pruebas diversas, con su perenne idiota sonrisa desparramándola por toda la mesa, por todo el despacho... ¡ensuciándolo a él! Anselmo revienta como una sacudida de orgasmo doloroso –sí, todavía recuerda algo de estas cosas-. Acuden a su mente los millones de letras de párrafos, oraciones, capítulos, novelas o escritos geniales tragados en toda su vida. Opta, si puede acertar correctamente y no mezclar parlas de los, muy queridos por él, escritores suramericanos, por dar por terminada la visita digamos que literariamente. Se levanta y se acerca aún más al borde de la mesa en cuyo lado contrario lo mira el sobrino sustituto con cara de eso, de no saber de qué va esta actitud de este Anselmo tan puñetero y que tanto debe conocer a su tío. Queda con una hoja del talonario de instrucciones levantada, mirando a Anselmo o –elijan ustedes- con expresión precavida o totalmente lela. Anselmo se abotona la chaqueta, estira de sus faldones y, muy tieso, lo mira y le larga:


- Oiga, doctorcito. Pues yo creo que, ¿sabe usted? Tal vez, cómo no, sería de lo mejor que de una vez, concha su madre, deje de ser usted un boludo hideputa, y que, en tanto se me recupera su tío de usted don Carlos, se me vaya usted a que le vayan dando. Y no más allá de en cuanto tenga noticia de la salvadora recuperación de su tío, no tardaré, a buen seguro, en volver a esta consulta tan querida que su maldito doctorado no para de enmerdar. Y aquí me despido, nada quiero de usted, doctorcito... y, por su bien, ni le miente a don Carlos que hoy vino Anselmo Sevilla. Y adiós, váyase yendo p’al carajo.



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Luis Ramírez de Arellano
Valencia, Julio de 2007


























viernes, 16 de diciembre de 2011

TIEMPO DE "REFRESCO"

NECESITO, CREO, UN TIEMPO DE PAUSA EN EL ESCRIBIR.

ES LÓGICO QUE HAYA GENTE QUE NO SEPA QUE TAMBIÉN ESCRIBO EN ESO QUE LLAMAN DIARIOS SECRETOS. YO LOS BAUTIZO COMO DIARIOS ÍNTIMOS QUE SE ABRIRÁN Y SE LEERÁN -SI A ALGUIEN LE INTERESA- DESPUÉS DE QUE YO LA "ESPICHE".

TAL VEZ POR ESTA CUESTIÓN, DEJE UN TIEMPO DE APARECER POR AQUÍ -CLARO, ELLO SIN PERJUICIO DE TODO AQUÉL QUE ME QUIERA DECIR ALGO Y ME LO SUELTE, LO CUAL AGRADECERÉ.

SIMPLEMENTE ME OCURRE QUE YO ME AlIMENTO, ESENCIALMENTE, DE -ADEMÁS DE LOS CONDIMENTOS FÍSICOS NATURALES DE "lectura", Y ESTO ES ALGO QUE TENGO ABANDONADO VARIOS MESES. (Puedo contar hasta 19 libros pendientes de leer) ÉSTE ES UN ALIMENTO IMPORTANTÍSIMO PARA MÍ. TANTO COMO QUE SI DESPUÉS DE "DIGERIRLOS" NO FUERA CAPAZ DE ESCRBIR.
"TODO ESCRITO", LO NIEGUE O NO; LO QUIERA O NO, SE ALIMENTA DE LO LEÍDO, ENGULLIDO Y DEBIDAMENTE ASIMILADO.

ESPERO VUESTRA COMPRENSIÓN Y CARIÑO.

DESVENCIJADO
Luis Ramírez de Arellano

DE NUEVO: UN TEMA ANTIGUO.

    Fotografía de 2008 (Marzo)

(Éste es el "descacharre" de la vida. Talmente como un mecano para montar y desmontar... ¡Pero... en manos de quién, coño!)

EL ANTÍDOTO

(Cuento con inicial nacimiento en  Octubre de 1996. Corregido -ampliado o reducido, ni me acuerdo-, en Enero de 2001 con motivo de mis "guerras editoriales". Hoy, lo traslado aquí tal como quedó en esta última ocasión)

Esta vez dedicado con especial cariño a mi bloguera
e internauta favorita, ANA GENOVÉS, esperando que ella sí,a la primera, le agarrre el fondo o motivo al dichoso cuento.


La muerte es el colmo de la grandiosa estupidez que es la vida. Estúpido, sí, muy estúpido el tema. Nunca he entendeido eso de que te nazcan para matarte, después. La parla vulgar y corriente dice “morirte”. ¡A qué santo vas a morirte tú, hombre! (Eso sí, están los suicidas...)
 Por entre el grandioso vértigo brumoso que vagaba por mis meninges me di cuenta de que estaba meditando. Qué tontería, vaya. Una forma blanca y voluminosa fue tomando forma y contornos ante mi nublado mirar, levantando a duras penas las cortinas de mis párpados.

La bata blanca se ajustaba explosiva a las abundantes formas de la cuarentona enfermera que andaba manipulando gomas, pantallas verdes y ventosas sobre mi pecho. Tenía un culo señorial la ateese de pelos ondulados de un castaño veteado de mechas rubias. El tubito que penetraba en mi nariz me molestaba cosa mala. Mis amodorradas reflexiones de tonta filosofía vital, el olor a hospital y muerte, el aura de vida insultante que envolvía el cuerpazo de mi cuidadora, el pitidito rítmico que emitía el sube y baja del monitor verde indicando que el tica-tac de mi corazón todavía resistía, mi estar allí postrado y sus razones, y mi propio calamitoso estado físico, todo, me tenía un tanto beodo. Parecía que, de momento, salía de ésta. Ella me sonrió, me dio una palmadita en la rodilla y me ofreció su espalda para ratirarse con frescachones andares. El subir y bajar de sus poderosas nalgas me mareó algo más y me provocó una leve excitación que conseguí anular pronto dado su grado de inconveniencia. Me vino a las mientes el retozón trotar de un percherón. Intente dormir de nuevo, me dijo volviéndose desde la puerta. Bonita boca. Intenté responderle con una sonrisa.
La muerte, su cercanía, su anuncio o presencia siempre me ha empujado con fuerza brutal, y contra una debilísima defensa de mi voluntad, hacia un estado de rebeldía preñado de furia, rabia y pataleo que sólo puedo aplacar con una impresindible, fogosa y extenuante sesión de sexo. Si bien justo es recordar que no siempre ha sido así: Yo no era así. Apareció de pronto, como el que se encuentra con una diabetes para el resto de sus días o se le averían, de un acostarse a un despertar, los riñones y le firman una historia de negro futuro dializándose a toda hora en espera de que la palme un caritativo donante. Pero, mi caso, ¿qué donación posible existe? ¿Llegaremos a poder donar sentires, sentimientos, alma, espíritu o lo que sea eso tan abstracto e intangible? A lo mejor se salvaban más vidas que donando vísceras, materia, física. Lo enfermo del humano, seguro, no es cosa física. Y esta curiosa, y a veces molesta, irascibilidad contra la muerte se introdujo en mí cuando todavía era joven, cuando impotente ante el hecho, perdido y desorientado, viví las antinaturales muertes de mi mujer y de mi hijo a la vez, quizás separadas por algún minuto, pero en el mismo acto. Será hermoso y poético, pero también de lo más idiota morir intentando dar vida y queriendo ser vida, o sea, cumplir el tonto ciclo sin que apenas éste se haya iniciado. Tenía yo 25 años; mi hermosa compañera, 21; nueve meses, según algunos moralistas, mi hijo –era varón-; ni meses ni años, tal vez algún minuto, según yo. Todos los tiempos se fueron a la mierda en el parto. Nunca he sabido qué inútil explicación me narró el ginecólogo, blanco y demacrado dentro de su verde sayón con el gorrito, también verde, mareándolo entre sus manos nerviosas, tan expertas dentro de cuerpos abiertos y perdidas ahora en el aire, como inservibles. Y sigo sin saberlo porque ni atendí sus palabras ni quise enterarme más tarde. ¿O es que había razón razonable para esas dos muertes? En mí murió algo, también. Sufrí una mutación o fue el momento preciso de recibir la fúnebre noticia en aquella luminosa sala de espera de vida, que se llenó de muerte negra sin cochino detrimento de su luminosidad, en el que la rara enfermedad se instaló en mí. Sentí unas sacudidas terribles de incógnito origen. Me dañaron dos duros lagrimones brotando de mis ojos, muy dolorosos, como cristales de cantos sin pulir. Sólo eso, dos lagrimones.
 Se fue el médico, dejándome en la soledad más absoluta, y apareció descompuesta y llorando cataratas la enfermera amiga de mi mujer que también había estado en el quirófano del antiparto. No dijo nada. Se me abrazó toda ella pegada a mi cuerpo y sacudida por convulsiones. Mojadas su mejilla y la mía, resbalaban en sus roces. Saltaban de su boca a mi cercano oído, sin orden e inconexas, palabras que eran mi nombre y repetitivas y angustiosas preguntas, lastimosas, desesperadas. Yo no sabía dónde esteba mi yo. Mi cuerpo sí, recibía el calor húmedo y sufriente de otro ser, pero calor de vida. Aturdido noté cómo volvía mi yo, raro, con una impresionante seriedad, gélido, casi congelado y exigiendo calores curativos. Mis brazos, hasta ese momento colgantes a mis costados, se movieron para abrazar también y se enroscaron en nuca y espalda de la amiga de mi muerta. Recorrí su espalda y mi otra mano se introdujo bajo la melena para abarcar su nuca. Al sentir lo que el tacto me transmitía, recordé esa costumbre o manía que tienen la mayoría de las enfermeras de enfundarse sus uniformes sobre la pura ropa interior, sin más tejidos intermedios. El rastreo de mi mano por su espalda tomaba ritmo espasmódico y averiguaba, también, la ausencia de sujetador. Ella, imantada a mí, hiposa, manando lágrimas sin parar, debía andar por espacios de páramos inconsolables con el sufrimiento lacerante del fatal suceso recién ocurrido. Parecía no notar el crepitar de mi cuerpo, mi masajeo y una poderosa y dolorosa erección que impulsaba, sin miramiento alguno, mis riñones hacia ella, apretando y apretando. ¿Qué me estaba pasando? Furiosa y violentamente bajé mi mano de golpe hasta su nalga, apreté y la atraje más hacia mí. Fue el momento en que ella volvió al instante actual, concreto y vivo. Apartó su rostro para mirarme fijamente. Su cara era un paisaje desastroso, un brillante y desencajado terreno después de una brusca y torrencial tormenta; sus ojos, un manantial pertinaz; sorbía por sus narices el desbordamiento que hasta su labio superior llegaba; la boca entreabierta, con la lengua en constante caza de los salados riachuelos que bordeaban sus comisuras; con una mano restregaba sus barbilla y mejillas; y, desde el fondo de ese espanto, una abrumadora mirada de incomprensión, de pregunta inquisidora, de denuncia macabra, de deleznable acusación. El estallido lo sacudió todo en unos segundos: Abandoné su nuca y me apropié de su otra nalga con voluntad de garra; con las dos manos empujé hacia mi vientre con una fuerza que no me conocía, aplasté mi boca contra la suya con mi lengua queriendo abrirse paso entre sus dientes..... De un empellón descomunal logró zafarse de mi abrazo. Quedé quieto ante ella, mirando alternativamente al suelo y a sus excitados pechos que reflejaban lo ansioso de su respirar. Sus lloros y lamentos se convirtieron en gritones sollozos. Su lagrimear formaba burbujas en nariz y labios.
 - ¡Por Dios, por Carmina, por tu hijo....! ¡Pero, pero qué eres tú, qué eres! ¡Una mala bestia, un animal, un, un.....! El golpe te ha trastornado, si no, no....
 - Todo es una puta mierda –solté sin mirarla, increiblemente calmado, sereno, con una voz como interna, deminíaca, de poseso.
 Ella encendió un cigarrillo y se acercó a un ventanal, manipuló en su rostro con manos y pañuelos y, todavía irritada pero recompuesta, profesional de la comprensión y el dolor, me habló de nuevo:

- Ve a tomarte un café, o una tila. O tres copazos, lo que quieras. Dentro de un rato podrás pasar a verla.
 - ¡A ver a quién, coño, a quién, dime! No quiero ver nada de nada porque ahí dentro hay nada, no hay nadie. Esta tarde, o mañana, no sé. Ya vendré.

- Pero, hombre...

- Adiós. Y, si quieres, perdona.

Salí decidido a buscar una puta. Pero la quería de las caras, de noche larga y servicios completos y lentos. Todo el dolor de mi rabia lo tenía concentrado en mis testículos. No sabía cuántas sesiones necesitaría para apaciguarme, para que con el bálsamo me fuese volviendo la vida, para que con la muerte de los orgasmos acudiese a mí, como un regreso victorioso, una burla a la muerte, un reafirmar que la verticalidad mandaba todavía en el mundo. ¿Hay sensación más fuerte de vivir que el sexo? Mi pedorreta a la muerte se me antojaba que debía ser hasta brutal. La patada recibida merecía ser contestada con una paliza seria, concienzuda. Tú llegarás, Parca de mierda, tienes que llegar, pero, ay, hasta que llegues....¡Cómo te odio, cómo odio todo este absurdo, esta incongruencia!

Al día siguiente, en el funeral y entierro, aún con huellas inequívocas de aniquilamiento en mi rostro, todo eran comentarios sobre mi entereza, tal era mi estado de tranquilidad. No llevaba puestas ni las manidas gafas oscuras. Pero yo ya sabía que en algún rincón de mis entrañas se había aposentado una rara enfermedad. Una extraña viscerilla había brotado por algún recoveco cercano a mis intestinos, mi hígado, no sé, por ahí. Una víscera minúscula pero virulenta, con una irritación latente, mal encarada, juguetona y pronta al desmadre al primer husmeo de vapores de muerte. Miré los ataúdes, uno de ellos blanco, muy pequeño. Desvié ese mirar hacia un lado. Me llamó la atención el sabroso perfil de la enfermera ultrajada la tarde anterior.

Ya tapiado el nicho, enterrada la muerte, mi estado se fue normalizando. Los últimos besos, abrazos, pésames de las mujeres del cortejo, amigas, esposas y novias de amigos, compañeras de trabajo, ya no se me antojaban como objetivos de arrebatos sexuales. Me sentí normal al causar en mí estas muestras de condolencia femeninas no más que la agradable sensación de un aliento caliente de compañía, de amistad. Sin embargo, pronto comprobé que el mal tan singular estaba agarrado con saña en mis adentros: Saliendo del cementerio, nos cruzamos con otro cortejo que entraba con su muerto al frente. La viscerilla saltó y mi mirada quedó fija en el culo alto, redondo y apretado de una compañera de oficina, mujer en cuya anatomía jamás antes había reparado.

Se me acercó un hombre joven enfundado de verde, gorro puesto y mascarilla colgando sobre el pecho. Manga corta y brazos peludos. Lo acompañaba la enfermera de antes. En silencio, sin ni siquiera mirarme, se puso a examinar gráficos y anotaciones de una tablilla que colgaba a los pies de mi cama mientras escuchaba informe verbal de la vitaminada de blanco. Me hizo unas breves exploraciones y, por fin, escuché su voz dirigiéndose a la eficaz cuarentona: Traslado a planta, el peligro ha pasado. Luego se encaró conmigo con una media sonrisa: Amigo mío, por los pelos, eh; bien, unos días más aquí y a casa, una buena y larga convalecencia, rehabilitación, revisiones y, creo, recuperación más que satisfactoria; pero, ojo, antes de irse, usted y yo tendremos una seria charla.

- ¿Por? ¿Tan fuerte ha sido el asunto?

- Serio, sí. Mire, Vd., claro, no se acuerda de nada, pero cuando los de la ambulancia lo recogieron estaba en pelota viva cruzado sobre una cama enorme, había una botella de coñac en la mesilla a la que le quedaba escasamente un dedo –tumbado, eh- de líquido y un cenicero rebosando colillas. Eso sin contar “cuantos”, ya me entiende, porque su asustada novia tenía poco más o menos todo un señor ataque de nervios. Y no es usted ningún chaval, ¿sabe?

- ¿Mi novia? Ah, ya. O sea, que me rondó la muerte.

- Digamos que subía por la escalera y los camilleros por el ascensor. Así que cuando salga de aquí nada de galanteos y piropos a la muerte. Ni se imagina lo fácil que se la seduce, ¿vale? Pero ya hablaremos.

Vaya, vaya, me dije para mí mientras aliviaba el susto descansando la mirada sobre la abundancia pectoral de la de las mechas rubias, que asentía muy circunspecta a toda la perorata del galeno.

Instalado ya en una soleada habitación de dos, junto a otro tipo que dormía y dormía con un brazo conectado a un gotero, recordé como inconveniente o de mal gusto –que me jodió, vamos- la alusión hecha por el doctor a mi edad (...”que no es usted un chaval...”) Total, cuarenta y....bueno, cuarenta y....largos octubres. Mira que darme a mí una cosa tan vulgar como un infarto....¡y en momento tan inoportuno; la leche, vaya cuadro!

Más despierto, calmado y, por qué no decirlo, menos acojonado, recordé todos los números comprados que habían hecho que la rifa infartosa, esta vez, me tocara de pleno.Un acontecimiento luctuoso idiota y desesperante –como casi todos los inesperados-, las circunstancias que lo produjeron, el que la muerte había ligado esta vez con un amigo muy cercano y querido, una sucesión de casualidades –con sus previas causalidades-, azar o, simplemente, la consecuencia de lo estúpido de la vida y sus cosas, tal vez, reventaron mi viscerilla. Y mi antídoto, qué curioso, en lugar de salvarme, ahora casi se me lleva por delante.

Todas mis compañeras eventuales desde las muertes de mi mujer y mi hijo (si no yerro por mi actual estado, no más de seis o siete No soy promiscuo y temo como a hemorroides los líos amorosos, lo que me ha inclinado siempre al poco a poco y al una detrás de otra. O sea, sencillito, normalito), digo, todas han sabido, vivido, padecido –o disfrutado, según- del virus irritado de mi viscerilla. Cada una de ellas ha asumido mi antídoto de distinta manera. Alguna ha reaccionado parecido a otra, pero siempre con algún pequeño detalle diferenciador. Hubo una casi al principio –divina Mavi- de apariencia modosa, gesto aneglical, dulce cuerpo, blanca de piel y rubia real, con apacible mirar verde no de mar profunda sino de tranquilo estanque abrigado por frondoso jardin que, sin embargo, se embrabecía, se ponía hecha una furia en contra de mi rara enfermedad cada vez que ésta se manifestaba. Llegó a llamarme necrófilo, ¡con lo viva, dioses del placer, que estaba ella! No llegó a aceptarlo nunca y fue hasta lógico que nuestra ruptura llegase por este escollo. En su defensa, justo es reconocer que por aquel lejano entonces la enfermedad andaba recién nacida, con crisis mucho más furibundas que luego, con el paso de los años, como todo, se fueron suavizando. Adelgacé bastante. Mis cercanos se preocupaban por lo que les parecía una muy lenta recuperación del trauma sufrido. Yo sabía que era cosa de mi viscerilla. No podía morir nadie medianamente conocido sin que yo dejara pasar más de dos horas, desde la recepción de la noticia, para encamarme con la compañera de turno o con amable, servicial y cara prostituta si tocaba ausencia de la primera. Por fortuna, el virus fue aplacándose, perdiendo lozanía y agresividad, y ya, desde hace algunos años, la muerte me tiene que rozar cada vez más cerca para que brote el ataque. Lo que sí se mantiene –de tal guisa me veo hoy y ahora- es que el trueno es tanto más atronador cuanto que el sentir por el muerto o la muerta, o las circunstancias de su óbito, hieren en mayor medida mi hondo rincón donde se ubican amores, rebeldías o incomprensiones....Y es que esta vez todo ha sido muy cruel, grande, insoportable.

Debería hacer un esfuerzo y extraviar mis pensamientos por oasis más frescos y tranquilos. Sólo el anuncio de revivir esta reciente muerte y su, digamos, envoltorio, me está llevando a una irritación perniciosa para mi estado y, aun sedado, somnoliento e infartado, cómo no, a una erección que, bien mirado, me preocupa menos: con las fuerzas tan agotadas el alzamiento no puede pasar de un leve engrosamiento pendulón. Mejor. Pero no puedo apartar de mí la imagen jovial del que fue mi amigo y que, no hace nada, ha matado un perfecto imbécil. Si el trancazo de la noticia telefónica fue terrible, el escuchar posteriormente los detalles fue como sentirme la cosa más ínfima del universo, ver ante mis ojos, como miles de veces antes, la mierdecilla que somos los humanos, invadirme el más destructor sentimiento de impotencia, de inutilidad.....y de una rabia infinita e insaciable que hacía hervir mi cuerpo. Si a todo ello debo unir que el brebaje actual del que sorbo los tragos de mi antídoto es mujer donde las haya, lozana, de esplendorosa madurez, morenaza profunda y de carnes de dulce y prieta ninfa, pues eso, así me encuentro yo ahora.

Mi amigo era un diferenciador nato de situaciones. Es decir, cada cosa, cada acto en su momento, a su debido tiempo y en su medida. Felizmente casado con una hermosa y azucarada canariona, tenía dos guapezas de hijas ya adolescentes que, ya nacidas en la península, ay, no habían heredado de su madre la miel caliente de su hablar aunque sí su belleza. Adoraban a su padre. Existe una corriente de pensamiento agilipollado –sobre todo hasta cierta edad- por el que al que piensa, al que matiza, al prudente se le asemeja con el pusilánime. Pues mi amigo era un pusilánime encantador: Llegaba el momento de la fiesta y el pendoneo, y el coche en casa o conducía algún amigo abstemio o a tirar de taxi. El trabajo era el trabajo, el ocio el ocio, y, por encima de todo, la aventura no era irresponsabilidad ni imprudencia. Más de una vez me comentaba con jocosidad, en algunos días de callejeo: ¿Te has dado cuenta de que los semáforos siempre los cruzan en rojo los cojos o los viejos reviejos? Es para cagarse, tú.

La noche del maldito viernes mi amigo tuvo que retrasar su salida del trabajo junto con otro aparejador y casi todos los delineantes de la empresa. Debían ultimar un proyecto “a toda leche”, les habían dicho desde las alturas. Daban las doce y media de la noche cuando salía de las oficinas del polígono industrial , casi engullido por la expansión urbana.

En algún lujoso ático de la ciudad, unas horas antes, un humanoide fantasmón bebía güisqui de una sola malta con su hijo, guaperas él, algo cachas (gimnasio, tenis al mediodía soleado, sueltas sesioncillas de rayos uva, etecé, etecé) y estudiante de 26 añitos de no sé qué ingeniería –muy fuerte esta carrera, jodidísima, tú-. El padre, más que ganar, había apelotonado un montón de pasta fácil en unos pocos años y andaba que el orgullo y la vanidad se le desparramaban más por sus metales acuñados que por su vástago, tan lindo y aplicado. Había considerado el progenitor unos meses atrás –deduzco yo ahora sin mucho riesgo de errar- que uno más de sus “signos externos” sería el que su hijo debía lucir más coche, más moda. Despreció el Golf descapotable rojo y le mercó un aparatoso y lujoso todoterreno, o como se llamen, que, efectivamente, son útiles para todos los terrenos menos para la ciudad, tan estrecha y congestionada. Al despedirse tiró mano al bolsillo y le largó su asignación de fin de semana, cincuenta mil (pesetas, no duros, tampoco iba a pasarse). Palmotazo en el hombro y sonrisota picarona sería el adiós del padre. Por más cosas y detalles de los que luego fui enterándome sobre el asesino y su familia, si la escena no ocurrió tal cual, muy parecida debió desarrollarse.

Una hora después de salir del ático familiar, el nene ya llevaba tres chivas más en el cuerpo y formaba ruedo junto a la barra de “su” pub con amigos y amigas del mismo pelaje -gente guapa, se dice así, ¿no? Con “la última” –antes de la cena, claro- el grupito decidió alimentar la noche con unos sólidos a base de unos mariscos precedidos de algunos tacos de un manchego bien curado y una finas laminillas de jabugo bien cortado. Se encaramaron al monstruo de coche, dale música a toda caña, discoteca rodante, ventanillas bajadas -¡cómo suena, eh! El equipo me costó un huevo, tía-, y vaya reprís, tú, ¿has visto?Chirriar de neumáticos y salida captadora de miradas de los del bar y transeúntes casuales. Pisando bien el acelerador, enfilaron hacia un destartalado establecimiento medio bar, medio tasca, medio cuchitril y desprecio de restaurante al uso, pero muy frecuentado por gentes como esta tribu, y sus mayores, por lo atractivo del montaje pergeñado por su propietario: Poco espacio, pocas mesas y menudas, excelente y fresca materia prima en cocina, plancha y curados; nada de cartas ni menús, un discreto toque de aparente y aseada suciedad y trato campechano y personal, de un tuteo muy estudiado y cuidado, y llegas y te pongo lo de la casa, ni precocuparte, ¿eh?, ya diréis basta. La cuenta, luego, nadie la repasa, quedaría mal; se paga la suma total y “deja algo más de propina, tú, no jodas”. El local de marras se sitúa tocando huertas en el extremo de un periférico barrio de la ciudad y hay que atravesar la gran avenida que bordea el polígono industrial en una de cuyas edificaciones trabajaba mi muerto, mi querido amigo.

En una de esas rotondas que, creo yo, con tan plausible intención tráfico nos ha llenado las avenidas de las grandes ciudades, como el niñato o no sabía para qué servían “estos redondeles de mierda, qué lío, tú”, o no leía, porque ya no podía, las claras señalizaciones para circular por ellas correctamente, embistió de forma traidora al coche de mi amigo. Tan sencillo, rápido y brutal como darle a toda velocidad en un lado trasero. Mi amigo y su coche salieron despedidos hacia adelante haciendo el trompo. El habilísimo volantista que debía ser el borracho asesino no supo esquivar a ése que pisaba huevos circundando la rotonda, asestándole el golpazo definitivo justo de pleno y en la misma puerta del conductor ya cuando el trompo se aquietó y mi amigo, imagino, estaría intentando enterarse de qué había pasado. Mi muerto murió en el acto, aplastado, destrozado. La tanqueta todoterreno, qué pena, joder, había sufrido unos desperfectos en los enormes y bruñidos parachoques delanteros y un faro roto. El criminal bajó de su trono rodante con una brechita de nada en la frente. Eso sí, él y su tropa, pasmados y tiesos sobre el asfalto, solos en la noche, con un destrozo de muerte ante ellos y por ellos, arrugados y apretujados unos contra otros, tal parecían de carnes transparentes de la tamaña pérdida de color sufrida.

Los datos de la policía apuntaron una velocidad altísima y un grado de alcoholemia fuera de toda medida, tanto en el agresor como en sus acompañantes. El cómplice, el paciente creador del monstruito, poco antes de recibir la llamada de los agentes en su bonito ático, andaba ya, también, medio borracho, pero al menos estaba encerrado y lo más que jodía era a su propio hígado.

Me reafirmo, debo divagar por otros derroteros. La máquina infartada se me acelera, me invade un cansancio preocupante y, encima, la viscerilla se me irrita pues su transmisión no consigue la respuesta deseada y habitual en su apéndice exterior. Quisiera dormir. Y que vuelvan a dormir a éste de mi lado, que desde que espabiló no hace más que lanzar quejidos.

Ya en el cementerio, los sepultureros dando paletazos al tapiaje del nicho, con el mirar doliendo y borroso, tragando ácidas y afiladas lágrimas y masticando rabia a rabiar, con un descuidado disimulo, por debajo del chaquetón, comencé a acariciar y palpar el cuerpo de mármol caliente de mi negraza a la que, como cantaba Patxi Andión, canela pura, canela pura le llovía a mi morena de su cintura....

Unas horas más tarde me trajeron a este hospital.


===oooOooo===



LUIS RAMÍREZ DE ARELLANO


(Versión revisada y acortada del cuento


parido en Octubre de 1996)


ENERO DE 2003


DESVENCIJADO - Luis Ramírez de Arellano







                               

miércoles, 14 de diciembre de 2011

VOLVIENDO DE NUEVO HACIA ATRÁS.

Fotografía de Abril de 2011
(Auténticos charcos formados por mi llanto, en ALATOZ. ¡QUÉ DE MIERDA TENÍA DENTRO, DIOS)

(Bueno, vale, que sí, que también ayudó la lluvia. -Pero... ¿ayudó o me acompañó?


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No es, mi internauta -o bloguera preferida- el que tengo reservado para ti, encantadadora ANA GENOVÉS.
(Inciso: No sé si te gustará que yo me dirija a ti por este medio cambiándote tu firma.)
Te lo explico: En este tema soy bastante nacionalista de LO ESPAÑOL: Veamos: ANA es un nombre precioso para cualquier hembra española. A lo sencillo y sin ánimo alguno de provocar, ¿que pinta una "n" más, y el garabato anglosajón e internauta de la "@"?
¿Me permites, Ana que yo te siga llamando "a mi manera"?

Bien, vamos a intentar transferir lo que quiero que quiso ser poesía y no sé en que quedó... ¡Ahí va!


                        Cita previa:

                         "Algunos matrimonios acaban bien, otros duran                toda  la vida"

(Estas citas me las prestan en el "El Aromas", el bar de mi esquina, en especial, el gestor, pero no tengo ni puñetera idea de quién fue su original inventor o paridor)
¿Vamos a lo pretendidamente serio?)


  

INTENTANDO HACER POESÍA





= NOSTALGÍA =
( Maldito el recuerdo)

Te recuerdo... ¡y no quiero!
¡Me duele tanto lo que el recuerdo me trae!
No quiero, repito... ¡Pero eras tan grande amor !
Recuerdo, ¡y cómo! el aspirar el aliento por tu boca espirado,
con mis besos, con los tuyos.

El azúcar de tus labios,
la sal de tu saliva.
Recuerdo tu mirar, mirándome,
tan de cerca, tan tu mirar en el mío,
¿gozando, demandando, dando?
A veces, sólo veía tu nuca, tu carnosa espina dorsal,
tus nalgas entregadas, pero...
siempre te volvía: necesitaba tus ojos, tu mirar,
¡tan intenso, tan embriagado y embriagador!
Recuerdo, ay, el calor interno de tus muslos,
apresando mis caderas.
No te vayas, me decías.
No podía irme.
Indefenso, vencido, agotado, exprimido...
feliz en mi modorra de amor.

Tanto recuerdo esas pequeñas muertes,
¡tan dichosas!
No parecía de este mundo ese morir,
muriendo en el fondo de tus ojos,
¡tan vivos, tan ansiosos, tan pedigüeños, tan generosos!
No quiero seguir recordando estos recuerdos,
¡te he amado tanto!

Admito, si es el caso, morir con estos recuerdos.
Bien,
que venga la muerte
si el paso lo he de dar
sintiendo la nostalgia del calor de tu cuerpo.
Y no es que lo pida,
sólo que mi vida
no tiene objeto ni meta sin el Amor,
y el Amor para mí, sólo y únicamente,
lo es, lo has sido tú,
mi preciosa y turbadora hembra
o sea, TU
lo quieras o no... Tú.





Luis Ramírez de Arellano
(En una tarde jodida del mes de Febrero de 2008)

DESVENCIJADO
Luis Ramírez de Arellano ( actual: Diciembre 2011)






  

martes, 13 de diciembre de 2011

¡¡PERDÓN!!

PIDO MIL VECES PERDÓN POR EL LÍO A MIS POCOS AMABLES VISITANTES POR MI ANALFABETISMO CON ESTO DE LAS TECNOLOGÍAS.
CREO QUE NACÍ DEMASIADO PRONTO PARA ASUMIR TODO ESTO CON NORMALIDAD.

Y LO PIDO PORQUE NO SÉ LO QUE A CADA UNO LE SALDRÁ. (Creo que la que mejor me ha cogido es mi visita favorita, Ana Genovés. Bien, sabes que te debo un cuento, que aunque antiguo, en esta ocasión te lo dedicaré especialmente a ti)


¡Xe, el que hace lo que puede.... Pues eso!