(¿Vamos con el segundo capítulo de la serie?)
EL INCONSCIENTE MUY AMOROSO.
¡Mucho cuidado!. Para con esta gentecita hay que prevenirse muy mucho o armarse, de pies a cabeza, de estupidez o mala educación (atentos, esto último resulta -DE MOMENTO- de un efecto magnífico, pero no olvidemos que estamos hablando de inconscientes, o sea de gente tonta rebosando por los poros estupidez, ignorancia y analfabetismo para enterarse del mensaje que recibe encerrado en las palabras de sus víctimas).
Para algunas personas, son de los que literalmente ponen al borde de la locura o -en frase de ALMODÓVAR-, al borde de un ataque de nervios.
Veamos -es que ya no me aguanto, aunque esté hablando "en general" y no de experiencias particulares, que las tengo y hay días y momentos que me hinchan de tal manera la entrepierna que no puedo ni andar-, quizás me pase un poco (gente amable, ya me perdonarán... y si no, pues eso, dejarán de ser amables para mí. ¡Mira qué fácil!)
Lo primerísimo que debe saber alguien que se dice TU AMIGO, es esta máxima MÍA -que no sé si algún filósofo la dictó-: Aprende, imbécil: EL AMIGO ES AQUELLA PERSONA QUE UNO SABE QUE "SIEMPRE" ESTÁ y sabe dónde y cómo encontrarlo; JAMÁS ES AQUEL QUE LLEVAS SIEMPRE COLGADO EN TU CHEPA; ¿se me entiende, no?
"Es que te quiero mucho y ando muy preocupado por ti". Pero so idiota, si hay medio -más- mundo en guerra y millones de niños muriéndose de malnutrición, ¡de hambre!, so ignorante, ¡si hace tres días me comí unas ostras con un vinito seco blanco de Rueda que me podía cagar por la pata abajo, qué preocupación te puedo causar, so pesado?! ¿No has captado todavía -¡que se necesita ser burro!- mi carácter, mi forma de ser? ¿No ves, cacho albóndiga, que vivo de cojones con mi amargura? ¿Quién cojones te ha encargado que me cambies, que me salves -no sé de qué-?
Tú, es que, claro, eres de música clásica y no te sabes unos versos de una canción de -para mí, sólo para mí, no quiero líos- del gran juglar urbano SABINA, y que si mi jodida memoria no me falla, reza así (falta la música)
Oiga, doctor:
devuélvame mi depresión,
¿no ve que ya ni se me empina?
Oiga, doctor...
Si uno, a su manera, aguanta felizmente su amargura, ¿quién narices se cree con derecho a amargarle la existencia, insistiéndole en que "no tiene nada", "que está perfecto", ""que venga, hombre, te he buscado estos hotelitos por las sierras del Maestrazgo para que..." Y el tío "pluscuanimbécil", sigue: "Te llevas a tu mujer, os dáis unos paseos de maravilla, visitáis esos pueblecitos..."¡y le haces el amor diez veces al día! ¡Coño, que no me gusta verte así, que te tienes que animar!" Lo primero que hace uno, es mirarlo, serio, a la cara -sólo por ver si de verdad es un mamarracho o habla en serio-; luego, sin contestar, uno recuerda las mil veces que le ha dejado caer, veladamente, sus relaciones con su santa, y luego ya, con juerga interior, sumando su edad a los años que lleva casado -con fidelidad, ojo- con un cachondeo enorme va calculando el coste de las cajas de viagra que necesitaría para cumplir los planes de amigo "amantísimo".
Entonces es cuando uno comienza a caer en la mala educación-defensiva: "Mira, oye, ¡déjame en paz de una vez: no seas pesado, coño!" Pero va y el amantísimo no se ofende, ¡la hostia, oiga! Sólo contesta: "Es que no te puedo ver así, hombre: tienes que animarte..." A ver, digan ustedes, gente amable, ¿qué hace uno entonces? ¿Le da una tremenda patada cercana a su próstata y lo deja descansando de su pesadez un rato, o qué?
Aun así, para mí, lo peor de todo llega después, en la despedida y días por venir inmediatos:
Uno se despide: "Vale, ya nos veremos... ¡Yo te llamaré! ¡¡¡ No me llames!!!" "Conforme, venga, alegra ese ánimo, a ver si la semana que viene te llamo y tomamos algo" Ese es el momento en el que uno se hunde miserablemente en la estupidez del género humano, buscar una escopeta, aguantar como el golpe de cualquier repisa de una finca que le hunde medio cráneo o... Llegar a casa como pueda, buscar una cerveza y, en su cuchitril, buscar aquel CD de SABINA e intentar calmarse antes de comer.
(Aparte de, con los telediarios y periódicos, tener que aguantar diariamente la marcha de España, de Europa, del Mundo... soportar a gente así, que de tan cercana, con un buen martillazo en la coronilla lo callarías, es duro, señores. Al menos para mí es duro. ¡¡¿Cómo es posible que exista tanto imbécil en el mundo?!!
Bah, me comeré el plato de lentejas con arroz (a mi santa le salen de P.M.) y me bajaré un ratito al AROMAS, por ver si recupero la calma de mi depresión.
DESVENCIJADO
Luis Ramírez de Arellano









